La calidad del gasto


Siempre hemos pensado que más importante que el monto del gasto público, es fundamental determinar la calidad del mismo y su orientación para atender la demanda social, tema que se ve complicado por la existencia de abundantes mecanismos que impiden una efectiva fiscalización de los entes especializados, como la Contralorí­a de Cuentas, no digamos mediante el ejercicio de lo que podemos llamar la auditorí­a social.


En efecto, un paí­s con los enormes rezagos sociales como Guatemala y con graves problemas de desigualdad de oportunidades no puede considerar que tiene «excesivo» gasto público porque mientras subsistan esas deficiencias estructurales será insuficiente el recurso disponible para atender urgentes necesidades en educación, salud y seguridad para ofrecer a todos los habitantes del paí­s un mí­nimo de oportunidades.

El problema está, por ello, no en cuánto gastamos sino en cómo lo gastamos y ese punto es el que debiera ser esencial cuando se discute un nuevo Presupuesto General de la Nación, puesto que indudablemente hay un escaso aprovechamiento de los recursos que, repetimos, no son suficientes para atender el rezago. Sin contar con la corrupción, que sangra un elevado porcentaje de los gastos ordinarios y de la inversión, debemos decir que los elevados gastos de funcionamiento tienen que ser adecuadamente revisados con base en los criterios más modernos de administración que permiten mejores resultados con sistemas menos onerosos y más eficientes.

El problema está en que los técnicos encargados de la elaboración del presupuesto tienen que atenerse a los criterios polí­ticos que en buena medida se orientan a factores de clientelismo que pasan por alto las verdaderas necesidades de la población. No creemos, como predican algunos, que el Estado tiene suficientes recursos para atender las necesidades y que no hay necesidad de aumentar los ingresos y, en consecuencia, el gasto y la inversión, pero sí­ creemos que hay demasiados agujeros en la forma como se usan los recursos y que a eso tiene que orientarse un enorme esfuerzo para superar fallas tremendas.

La calidad del gasto no se mide simplemente en términos de la calidad de la obra realizada ni tampoco en la calidad de los bienes adquiridos, sino que se tiene que fundamentar en la existencia de una filosofí­a especial para orientar el uso de los recursos a donde más falta hacen y no a donde más réditos polí­ticos puede producir. Y sinceramente no vemos que esa visión esté presente en el nuevo Presupuesto que, al fin y al cabo, se hizo con el machote tradicional y con los patrones que por generaciones han venido aplicando los técnicos que trabajan en su elaboración. Uno de los cambios revolucionarios en el paí­s tiene que estar en la visión y enfoque para el destino del recurso público.