No cabe duda que se avecinan tiempos difíciles, tanto para el ciudadano común como para los gobiernos, ya que se vislumbran cambios en todos los países del planeta. Habrá quienes, sobre todo en nuestro hemisferio, que por desprecio a la historia oscilarán cual péndulo de reloj, de un extremo a otro, serán aquellos que han olvidado que hace algunos años observamos la caída del paradigma socialista, representado en las doctrinas de Marx y Lenin, que con la debacle confirmó el fracaso de un modelo fundamentado en el centralismo planificador de la economía representado en el dominio de una élite que dictaba también las reglas de convivencia política en la sociedad. Hoy, el modelo neoliberal que proclamaba la libertad del mercado basado principalmente en la no injerencia del Estado, empieza a experimentar los estertores de la muerte. Wall Street se ha encargado de esto. Y ha sido el propio Estados Unidos representado en sus autoridades y candidatos presidenciales los que hoy desdicen las teorías económicas de Friedman al invocar la necesaria participación del Estado para evitar el colapso. Simplemente han resucitado a Keynes, aquel disidente de la doctrina económica neoliberal que en un punto de equilibrio, entre ambas escuelas, expresaba en sus escritos la necesaria participación del Estado en la economía. La propuesta de rescate del Secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, y la modificación de ésta en el Congreso norteamericano, donde el Estado interviene auxiliando al sistema financiero y una nueva legislación que buscará transparentar y regular los mercados bancarios y financieros, no es más ni menos que una perestroika a la americana del modelo neoliberal.
Estos son momentos donde muchos líderes tendrán que poner sus barbas en remojo, pues la lección de todo esto, desde la caída del eje soviético hasta el mercado de valores en Wall Street, sugiere a las sociedades emergentes a no entregar sus «reales» cual quinceañera enamorada. Son experiencias que nos dicen que nadie es dueño absoluto de la verdad, pues los cantos de sirena que melodían las doctrinas carecen de coherencia. Es más, hoy iniciamos una fase donde el mismo concepto de la globalización sufrirá su metamorfosis y readaptaciones. Tendrá que ser una postura más pragmática que tratará de sacar del mercado el máximo provecho, pero sin el amarre total de las economías para evitar los contagios que ocasionan el derrumbe de los grandes. Quizá con nexos comerciales pero con recato en los lazos financieros.
Son los hechos los que nos sugieren que el mercado seguirá vigente pero con la regulación del Estado. Por supuesto que en el caso nuestro no el Estado que actualmente tenemos. Pues aquí contamos con uno que carece de credibilidad, ya que se fundamenta en un sistema político obsoleto que solo nos ha dado corrupción, impunidad y pobreza. Si no ahí tenemos el ejemplo de los combustibles, cuando en otros países los precios ya están abajo de los tres dólares por la caída del precio en el barril del petróleo, aquí tenemos un Estado que no interviene ante este abuso. Tristemente en Guatemala hemos pretendido obviar el proceso, pues antes de identificar y trabajar en nuestras falencias, hemos volteado la vista hacia el exterior. Típicos consumidores no solo de mercancías, sino también de ideas y doctrinas. Más que un modelo híbrido, lo que considero que estaremos viendo, es uno derivado de la evolución y profundización de la doctrina social demócrata, pero aquí no se hará presente si antes no reformamos nuestro sistema político, que es lo que permitirá hacerlo de manera posterior con el Estado y el resto de nuestras instituciones.