La belleza de la vida


Podrí­a parecer un contrasentido y, quién sabe si no, un despropósito que en las actuales condiciones y por la situación en que se está, haya decidido titular la presente columna como lo hago. No es así­ y no es así­ porque tengo en cuenta que, aún en las más difí­ciles de las circunstancias, la belleza de la vida es que continúa y porque es bella y continúa hay que saber vivirla. En una pelí­cula estadounidense y en una italiana, así­ se plantea. La estadounidense, se titula Recuerdos de la infancia y la italiana, La vida es bella.

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

La estadounidense se desarrolla en un dí­a de verano, el sábado 12 de agosto de 1932, en plena depresión y en un vecindario de familias italianas llegadas a Filadelfia. La situación es de lo más apremiante y, aún así­, el abuelo que está al borde de la muerte le dice a Genaro, su nieto, que lo bello de la vida es que continúa. El abuelo muere y para Genaro la vida continúa.

En la pelí­cula italiana, con la llegada de la guerra a un pequeño pueblo de la Toscana italiana, Guido, Dora y Giousé son confinados en un campo de concentración nazi. Guido, el padre de Giousé, se las ingenia y hace hasta lo imposible para que su hijo -n niño de no más de cinco años- crea y se imagine que la terrible situación que están sufriendo es tan sólo un juego y que, pese a todo, la vida es bella y vale la pena vivirla. A Guido lo matan en el campo de concentración. Giousé y su mamá, Dora, siguen viviendo.

No ignoro ni desconozco que lo que para unos es bello para otros no lo es, así­ como que para unos la felicidad no es lo que para otros es ser feliz. Más no es esto lo que me propongo dilucidar. Lo que me parece y asumo es que sólo aquél que tiene claro el sentido y razón de ser y de la vida, de lo bello y la felicidad, es capaz de enfrentar y superar las más duras y difí­ciles pruebas y que no hay golpe por demoledor y grosero que sea que lo abata, derrumbe y derrote.

La derrota y el abatimiento, tanto como el pesimismo y la indiferencia, caracterizan a los pusilánimes, a los faltos de carácter y audacia, entereza y firmeza, a los que no tienen ideales y sueños, recuerdos y añoranzas, creatividad y horizonte.

Por cierto Ana Marí­a me recordaba ayer que don Enrique Muñoz Meany decí­a que cuando el mar está en calma su belleza es enorme y cuando sobreviene la tempestad, su belleza es de lo más sublime.

Cuando se me ha invitado a exponer mis ideas y experiencias en la lucha por la paz, hay ocasiones y lugares en que me he referido a la importancia que para mí­ tuvo –y sigue teniendo–, en esos momentos de difí­ciles y duras pruebas como en tiempos de «relativa calma», hacer uso de mi libertad y vocación de leer, meditar, retomar y adentrarme cada vez más en lo que se relata en los Hechos y lo que se dice en las Cartas de los Apóstoles.

Que a nadie extrañe, entonces, que en un dí­a como hoy traiga a cuenta lo que escribe el Apóstol Pablo en su Segunda Carta a los Corintios. Dice el Apóstol, se puede estar atribulado, más no angustiado; en apuros, más no desesperado (4:8); perseguido, más no desamparado; lleno de problemas, más nunca sin salida (4:9). Dice también que el que siembra mucho, cosecha mucho (9:6), y que la igualdad se da cuando no le sobra nada al que recogió mucho, ni le falta nada al que recogió poco (8:15).

No dejo de pensar también en lo que dice el Apóstol bueno, el de las causas difí­ciles, San Judas Tadeo, en la única Carta que de él se conoce. Refiriéndose a los malvados apunta que son los que toman la bondad como pretexto (4), hablan mal de las cosas que no conocen (10), sólo se cuidan de sí­ mismos. Son nubes sin agua llevadas por el viento, árboles que no dan fruto a su tiempo (12); de todo se quejan, todo lo critican, hablan con jactancia y adulan a los demás para aprovecharse de ellos (16).

Dicho en palabras que tengo registradas en mi libreta de notas. Para mí­, son de los que su codicia y mezquindad, los delata, y su egoí­smo y voracidad, los envanece. Son a los que Jesús sacó a latigazos del templo. Están, además, los que en medio de la batalla abjuran de su causa, bajan los brazos y la cabeza, no llegaron a tener el coraje y entereza de seguir e ir hacia adelante. Son los derrotados por la adversidad y el desconcierto. Con toda razón mi papá solí­a decirme que quien quiera vivir a plenitud y luchar con firmeza y decisión ha de tener en cuenta que el pasado enseña; el presente, obliga y el futuro, compromete.

Y es así­ y no de otra manera como -con todo respeto- me permito saludar en esta Nochebuena y Navidad a quienes lean mi columna de hoy. A mi familia y a mis compañeros y amigos los abrazo y puedo decirles que lo bello de la vida es que continúa y que para cambiarla para bien hay que luchar sin descanso, con firmeza y decisión, tal como me lo inculcó el abuelo de mis hijos.