Es internacionalmente reconocida la impresionante belleza de nuestro lago sololateco que ha merecido ser calificado como una de las grandes bellezas del mundo y que es motivo de una obligada visita de parte de los miles de turistas tomadores de fotografías y videos.
Por otra parte, la justicia que ejecutan los habitantes de Sololá, utilizando el incendiario linchamiento como su método de pena de muerte, es también motivo de trascendental asombro. La comunidad mundial nos coloca nuevamente en el primer puesto con la consabida medalla de oro.
Es ahora que recuerdo a mi compañero estudiante de medicina, Rogelio Mayén quién con orgullo nos decía que a pesar de ser oriundo de Sololá que él no llegaba a acostumbrarse a esa impresionante belleza del lago que era motivo de su diaria admiración y ahora me confundo al imaginarme los sentimientos del turista que luego de haberse deleitado tomando fotografías del lago, se encontró, de repente, contemplando las escenas de un sololateco convertido en llamaradas.
Estoy seguro que ese turista que, por un momento creyó que estaba en el infierno, tomó su video y captó las escenas de esa hoguera viviente que corría, brincaba, se tiraba al suelo y revolcándose lanzaba desaforados alaridos. Escenas como para venderlas al noticiero CNN para proyectarlas alrededor del mundo. Me pregunto qué responderá ese turista cuando a su regreso le pregunten ¿qué te pareció Guatemala?
Pero, más que la opinión de los turistas, a nosotros, los chapines, nos debe de importar mucho más el impacto sufrido por los niños y jóvenes que fueron involuntarios testigos de ese linchamiento. Esas escenas quedarán grabadas, para siempre, en sus inmaduras mentes, y quiéranlo o no, servirán de referencia para su futuro quehacer en la vida.
En ese sentido, me decía la Lila, mi mujer, que d. ílvaro, presidente y, d. Rafa, vicepresidente deberían presentarse personalmente a Sololá para manifestar su condena a ese descalificador, aberrante e inhumano suceso y deberán exigir públicamente el actuar de los Jueces, y los diputados de ese departamento (¿cuántos son?) para lograr la aplicación de una justicia más justa. Ahora, si los diputados están muy ocupados cobrando sus viáticos o comiéndose su pan con chile, don Guayo Meyer podría hacer acto de solidaria presencia y hacer algo, algo.
Los curas, el Obispo sololateco, y la Conferencia Episcopal habrán de manifestar su rechazo a esas ejecutorias de una población que, frustrada, está enardecida y ello la obliga a actuar de manera instintiva e irracional que ni siquiera en las cuevas de las fieras de un zoológico se observan.