Una de las formas más perversas del capitalismo es la implementación de sus propias fórmulas supuestamente autocorrectivas, o la edificación de instituciones que justifiquen y reparen, en apariencia, las desviaciones que sufre la sociedad destinada a la senda liberal o democrática. Está claro que el capitalismo como forma deshumanizante, ha expropiado todo a su paso, hasta la memoria colectiva, sin embargo la tarea es recuperar la autonomía, asumir la des sujetación que la forma Estado ejerce sobre cada individuo, alienadamente convertido en ciudadano con un falso sentido de pertenencia a una ciudadanía igual de ilusoria.
Esa argamasa de derechos, deberes y valores ha asegurado una especie de romantización de la forma democracia, que a su vez provee los mecanismos de dominación y al final aceptación de un régimen totalitario. Aquella lucha de recuperación autonómica pasa por asumir que la subjetividad totalizante de la forma Estado en su forma liberal, siempre ejercerá dominación de una manera tan extensa y profunda, que las colectividades se ven finamente fragmentadas en individuos con derechos y con aspiraciones que aseguran la forma valor, y no una forma humana de evolución como especie. En otras palabras, no somos autónomos a la hora de tomar casi cualquier decisión, pues el imaginario social está determinado por aquella subjetividad totalizante. Es por eso que en un mundo ya posindustrial, la pertenencia del sujeto es a través de los mecanismos transaccionales y la ruta por principio es el consumo. La vacuidad establecida por un mundo sin futuro, es llenada individualmente por la pulsión consumista. En este orden de ideas, hay que advertir que uno de los efectos del capital acelerado a una dimensión global, es la fragmentación de la realidad en percepciones incompletas. Se pierde por tanto la capacidad de la composición histórica y se atiende solamente la percepción que se dicta desde los aparatos de comunicación que moldean por tanto, el imaginario colectivo. En este contexto, una de las edificaciones mejor implantadas de la maquinaria de dominación totalizante, es la idea aparentemente inocua de la transparencia como aspiración democrática. Atrás de la ingenua aspiración por un mundo sin corrupción, en la que gobiernos, empresas y sociedad civil armonicen en una realidad libre de ese mal, como dicta la visión de la entidad Transparency International, se oculta una contradicción esencial que no es otra que la del capitalismo. La negación entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de apropiarse del producto del trabajo, ha desembocado como sabemos, en la globalización del consumo a escala planetaria masificando la realidad y las mercancías. Democracia liberal y libre mercado han sido los dos alfiles de una fórmula perversa de dominio y expropiación consumada por la forma Estado. En ese afán de acumulación, ha sido cuasi natural la perversión de las estructuras de poder dominantes, tanto formal como informal, hasta corromperse y corromper sociedades enteras. Cómo se debe ser transparente dentro de un sistema que en su esencia es corruptor? La aspiración transparente pues, a la que nos motivan los agentes locales e internacionales de la cuentadancia, están obligados a cuestionar antes al sistema, de lo contrario su verso corre inminente riesgo de la falacia. La transparencia como valor aspiracional es una idea más del sistema totalizante que trata de implantar a través de ese valor, el ilusorio escenario de un nuevo comienzo. Es tan contradictorio como propone Manfredo Marroquín al decir que la corrupción sustituyó las ideologías, cuando lo que en realidad sucede es la sustitución de ellas por una nueva doctrina transparencia.