En tiempos de Ramiro De León Carpio escribí una columna con similar título, la que motivó una contundente respuesta de su secretario privado Héctor Luna Tróccoli, en virtud de que tocaba temas vinculados con la harta responsabilidad del gobierno de turno en torno al tema antigüeño. Y es que por azares del destino tuve la suerte de vivir cerca de diez años en tan bello territorio y me familiaricé con sus bellezas y sinsabores, tanto de La Antigua como de los lugares aledaños, principalmente Jocotenango.
Por eso hago eco del clamor de los vecinos organizados de tan bella ciudad para que se integre el Concejo Municipal y se conforme la gobernabilidad territorial tan necesaria en una ciudad que es parte intrínseca de nuestro patrimonio cultural, y que es una de las atracciones más importantes del movimiento turístico. Cuando he tenido la suerte de estar fuera del país no hay extranjero que haya visitado Guatemala y no suelte la admiración de haber visitado lo tangible e intangible del Valle de Panchoy.
Los vecinos organizados de La Antigua Guatemala comparten la inquietud de que la no integración del Concejo Municipal provoca el incumplimiento de una serie de recomendaciones de parte de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, siendo que incluso advierten sobre el riesgo de que la ciudad pierda su estatus de Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Se señalan también otras secuelas de la débil institucionalidad antigüeña, en virtud de que el famoso Consejo para la Protección de La Antigua brilla por su ausencia: así se habla con insistencia de la inseguridad que afecta el turismo, las debilidades en el manejo de los desechos sólidos, la falta de drenajes y demás servicios típicos que constituyen el quehacer de los gobiernos locales.
Desde hace ya un buen tiempo que La Antigua viene padeciendo del acecho de políticos mediocres y de inacción dentro del Concejo Municipal; y es que por allí han pasado desde antigüeños de pura cepa, como Víctor Hugo del Pozo, hasta antigüeños asimilados como lo fue el caso del profesor Siliezar, quien primero fue alcalde de Jocotenango y aprovechando su poder de influencia con las aldeas circunvecinas, se atrevió a desafiar el poder local antigüeño.
Lamentablemente los grandes responsables son los partidos políticos que han venido acuerpando a todos estos figurones, al punto que el actual alcalde que ahora se encuentra temporalmente tras las rejas, primero fue parte de las filas de la Unidad Nacional de la Esperanza -UNE-, y luego se cambió la camisola verde por la naranja de la mano empuñada.
Lo cierto es que si miramos los árboles en su conjunto, lo que observamos es una marcada crisis de gobernabilidad en el ambiente municipal, en su amplia interacción con los partidos políticos electoreros del momento. Es la crisis de la captura del Estado por parte de los poderes distritales emergentes, cuyo principal propósito es la acumulación de capital y activos propios, a través del aporte constitucional y el aprovechamiento del gasto público en su propio beneficio.
Es así como los Vivar, los Medrano y demás personajes opacos no sólo actúan como en jauría con sus amiguetes, sino también lo hacen con el apoyo de sus hijos, yernos, al más claro estilo siciliano-tropical, acuerpados por los políticos de turno.