Aún recuerdo esa genial descripción geográfica que Luis Cardoza y Aragón ofrece en «Guatemala, las líneas de sus manos» a fin de reconstruir un país que empezaría a perderse con la contrarrevolución. El poeta antigí¼eño describía que el mapa de Guatemala parecía un pájaro acurrucado, visto de lado, flotando sobre un lago. Petén es la cabeza, con todo y pico; el lago Petén Itzá es su ojo; Huehuetenango y San Marcos, el pecho; Izabal, la punta de una de sus alas, y el océano Pacífico, las aguas donde flotaba el ave.
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Pero, más que esto, quiero recordar las palabras de Cardoza al referir que el volcán de Agua es el ombligo de Guatemala. Y es cierto. No sólo porque más o menos está al centro de un cuerpo sin igual, sino porque pareciera que este coloso es un referente desde casi cualquier punto de la nación.
Al subir la empinada y fría cumbre del volcán de Tajumulco, el más alto de Centroamérica, desde ahí se puede ver -si el cielo despejado lo permite- incluso el océano Atlántico, a cientos de kilómetros de ahí. Pues, desde esa cima, un mapa en relieve, más vivo y exacto que el que se observa en la zona 2 de la ciudad capital, el volcán de Agua emerge como un punto importante de nuestra nación, como si ese mapa en relieve tuviera una tachuela para representar el centro histórico, tal vez geográfico, del país.
Esto sirve sólo para referir que, gracias al volcán de Agua, el valle de Panchoy es, probablemente, el lugar ideal para ser el centro del país. Los fundadores del reino de Guatemala, después de sobrevivir la mala experiencia de Iximché, debieron de haber estudiado la geografía nacional y seleccionar, por miles de razones, esa altiplanicie.
El volcán de Agua es testigo mudo de nuestro accionar por miles de años. Domina casi toda la meseta central, y, si no fuera por sus volcanes hermanos y sus montañas primas, ese coloso sería el dueño y señor de todo lo ancho del país.
Lo que sí es cierto, como se señaló ya, es que el volcán de Agua -nombre con el que fuera conocido tras la destrucción de la segunda capital del reino- demarca un sitio inevitable para nuestra identidad.
A pesar de que, hoy día, el valle de Panchoy no es el centro de poder de la República, desde la ciudad capital, a más de 40 kilómetros, es visible el volcán de Agua, que asoma su cabeza como vínculo entre lo que fue y lo que ahora es.
Cualquier guatemalteco, aun más los capitalinos, no pueden imaginarse la ciudad sin el volcán de Agua, tremendo montículo que llama y que, tarde o temprano, atrae para sí, atracción que conducirá a los curiosos a la ciudad de La Antigua Guatemala.
PSICOLOGíA HISTí“RICA
Si Cardoza y Aragón se animó a describir nuestra geografía con metáforas, ¿por qué no habremos de hacerlo con nuestra historia? Nuestra cronología se parece al desarrollo psicológico de cualquier ser humano. Actualmente, estaríamos viviendo el inicio de nuestra etapa adulta. Pero antes debimos haber pasado por una tormentosa adolescencia, llena de guerras internas, desorientación y fuertes represores que se convirtieron en nuestros dictadores.
Previo a ello, alrededor del período independentista, debimos haber estado en la pubertad, con fuertes contrariedades entre seguir siendo niños y empezar a vivir la vida. La época prehispánica sería como haber vivido una dulce temporada dentro del vientre de la madre, sin conocer, aún la otra mitad de nosotros.
Entonces, en esta alegoría, el período colonial sería nuestra más feliz infancia. Como todo niño que fue, habremos tenido problemas; pero nuestra mente infantil no lo percibía entonces, y ahora sólo estamos en busca de recordar el calor del hogar de nuestros padres.
Pero, el problema es que hoy día no sabemos quiénes somos. Nos reconocemos como pueblo mestizo, o bien como pluricultural. Sin embargo, nuestro accionar -nuestro racismo, clasismo y discriminación- no lo refleja.
Y ahí está el volcán de Agua. Llamándonos desde casi cualquier punto del país, para recordarnos que a sus pies se encuentra parte importante de nuestra vida como nación. «Si vienes, te contaré», parece decir el milenario coloso, que sabe más de nosotros que nuestros historiadores y antropólogos.
A LOS PIES DEL VOLCíN
Tarde o temprano, irremediablemente, estaremos en las faldas del volcán de Agua, buscándonos a nosotros mismos, a nuestra identidad como nación. Nomás al entrar, nuestros ojos se empañan y empezamos a ver la vida en sepia, como esas fotografías amarillas que de vez en cuando miramos en los libros de historia. Los colores actuales, dela vida moderna, se quedan atrás, justamente en donde la carretera marca el kilómetro 44 del sistema vial del país.
Una estatua del Hermano Pedro nos da la bienvenida a una ciudad que él ayudó a ser más humana. Al entrar, nuestro cuerpo debe amoldarse a otro ritmo de vida. Ya sea a pie o en automóvil, sus empedradas calles nos obligan a cambiar nuestra postura, nuestra forma de andar.
Cada calle parece decir: «Â¡Cuidado! Estás entrando en los túneles de tu memoria». Y, por ello, cada paso es una insinuación de recuerdos, que son extraídos de nuestro inconsciente colectivo. No importa a dónde vayas; empiezas a sacar del baúl de los recuerdos, cosas, imágenes, sonidos y visiones muy valiosas para iniciar a identificar la guatemalidad.
Un velo nos nubla la visión, como si estuviésemos dentro de un sueño. Y descubrimos, entonces, que estamos soñando, o, más bien, estamos hipnotizados, y soñamos que regresamos a nuestra feliz infancia.
En ese estado mental, todo es posible. Vemos pasar de prisa a los funcionarios de la Corona española; observamos a la alcurnia centroamericana conversando sobre los linajes y uniones maritales que logran conservar los círculos hegemónicos del reino; a los mestizos, que trabajan en sus talleres, como plateros o zapateros, elaborando la complicada estructura social que sostenía -y que aún lo hace- a nuestro país; los indígenas, que camina a marchas forzadas, cargando bultos o apurándose a llegar a cierta iglesia en construcción, y, especialmente, al Hermano Pedro, verlo aún caminando con su afónica campana, diciendo «Acordaos, hermanos, que un alma tenemos y si la perdemos, no la recuperamos».
En este terreno, todo es posible. La ciudad colonial contiene, en sus gruesos muros, secretos sobre nosotros, tal vez datos desconocidos, indescifrables; incluso, secretos que no pueden salir a la luz, infidelidades, asesinatos pasionales o simples juegos de poder, porque habrá que recordar que esta ciudad fue la más importante del istmo y que, desde ahí, se tenía un panorama muy amplio de poder.
CENTRO DE PODER COLONIAL
El reino de Guatemala, lo que hoy se conoce geográficamente como el istmo centroamericano, desde Soconusco hasta Costa Rica, fue un territorio que, administrativamente, estaba ligado al virreinato de Nueva España, hoy México. Sin embargo, en la práctica, Centroamérica era ajena al Virrey. Nuestro estatus territorial nos otorgaba calidad de Capitanía General, el cual era concedido a una región importante, pero que estaba organizado para la guerra o la conquista de pueblos.
El Capitán General era quien mandaba; su preparación debía ser más bien militar, a fin de proteger el territorio. Centroamérica, pues, era un sector en donde había constantes luchas, sobre todo comerciales, ya que los piratas navegaban por las tierras del Caribe, dispuestos a robarse los frutos de nuestras tierras, cuando éstos viajaban por alta mar.
Pese a esta supuestas dependencia con Nueva España, la capital del reino siempre vio de frente a la metrópoli. En la práctica, nuestro Capitán General casi era un Virrey, lejos de ser un simple militar experto en la protección contra bucaneros.
Por ello, Santiago de Guatemala (hoy La Antigua Guatemala) lograba reunir rodo el poder centroamericano. La ciudad, además, estaba a la vanguardia de todo avance, sólo superado por México y Lima, Perú, centros de los primeros virreinatos. Sin embargo, estas dos ciudades continuaron el devenir de los tiempos, y sobrevivieron sus independencias, revoluciones y vida moderna, y su rastro colonial debe mezclarse con arquitectura contemporánea.
En cambio, La Antigua Guatemala es como esos animales prehistóricos que quedaron atrapados en los hielos glaciales y que se conservaron casi intactos. Nuestra ciudad colonial es aún un cuerpo incorrupto de lo que fue el poder colonial.
Su arquitectura, delineación urbanística, es muestra de la excelencia real que tuvo en sus años de gloria. En La Antigua Guatemala, se puede apreciar el poder que hubo; en un espacio tan pequeño, existen innumerables templos católicos, que, para existir, debieron de ahber gozado de una saludable economía, ya que fueron construidos con las contribuciones de los fieles.
A través de sus templos, se puede descubrir cómo fuimos en nuestra feliz infancia. De todo el mundo, vienen a observar el museo viviente y al aire libre de la mejor muestra de arte colonial barroco que existe.
INVITACIí“N
Las calles y avenidas de esta ciudad ofrecen tanta belleza en un territorio tan pequeño. Fácilmente, La Antigua Guatemala puede ser recorrida en un día, pero, para conocerla, hace falta años para rodar como piedras sobre sus calles, y conocerla. Toda ella nos habla de nuestra feliz niñez como nación. Sus habitantes, esos quijotes anacrónicos, que aún luchan por conservar esos preciosos recuerdos, merecen, más que nadie, la restauración de nuestra memoria colectiva, la mitad de nuestra identidad nacional.
Al entrar usted a La Antigua Guatemala, no ingresa a una ciudad colonial, sino que accede a una de las partes más preciadas de nuestra historia… sólo si entra con la cautela con la que camina en sus sueños.
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