El ciudadano que no comprenda que dentro de la democracia es una obligación y un derecho analizar y participar en la problemática de la política nacional, departamental y municipal, es una persona que consciente o inconscientemente permite que se le limite en su derecho de pensar, en su capacidad de analizar y en su derecho de opinar; acepta que los grupos de poder lo manipulen.
jfrlguate@yahoo.com
Dentro del sistema democrático, el ciudadano es intrínsecamente un político, es a través de su opinión, análisis y acción como contribuye a hacer respetar su criterio, a hacer progresar y evolucionar la sociedad, el Estado y el país.
En Guatemala los sectores de poder ocultos han logrado que un buen número de ciudadanos sientan animadversión a la política, ya no digamos a los partidos políticos, produciendo con ello que el sistema democrático permanezca sumamente debilitado.
Es relativamente aceptable que un ciudadano no desee participar en un partido político porque considera que no coincide con los principios y las normas que establecen los partidos políticos existentes en el medio.
Es trágico y grave escuchar «yo no soy político», implica que la persona está permitiendo se le limite como ciudadano. Es grave e injustificable que un ciudadano afirme «no soy político» cuando se ha desempeñado como diputado, como miembro del Ejecutivo, como persona de confianza y representante -por su nombramiento- del Presidente de la República o ha sido miembro de una corporación municipal, si ha estado inscrito en un partido político determinado y además ha sido parte de su comité ejecutivo; es autoengañarse.
Para aquellos ciudadanos que no han permitido se les traume, se les condicione o se les limite su derecho o su obligación de ejercer su calidad intrínseca de sujeto de derechos y obligaciones, políticamente debe respetarse su opción de ser o no un miembro inscrito de un partido, un dirigente a nivel municipal, departamental o nacional.
El ciudadano que ha optado por ser parte de un partido político no sólo debe de respetársele sino debe defenderse la libre expresión de su opinión, porque los partidos políticos en el sistema democrático son el medio de cómo actuar, de cómo influir en la solución y la problemática nacional.
En las asambleas no hay que confundir quienes son los ciudadanos afiliados con los delegados que por potestad legal tienen el derecho de votar y de tomar las decisiones institucionales del partido; la presencia de todo afiliado en una asamblea enriquece, no debe limitarse; por el contrario, tendría que fomentarse estableciendo áreas o palcos donde se observe el comportamiento de las asambleas y sus delegados, tal y como se hace en los organismos legislativos. Por ética y por ley debería ser obligatoria la presencia de estos legítimos observadores del debate y de las decisiones que se tomen dentro de una asamblea partidaria; incluso, dentro de la agenda de la asamblea debería de existir un punto en el cual, de forma anticipada y por un lapso de tiempo determinado, se le permitiera a los afiliados solicitar el uso de la palabra para opinar, preguntar o comentar sobre el desarrollo del partido del que son miembros.
Las universidades, los centros de pensamiento, los medios de comunicación deben de comprender y aceptar que su rol pasivo o limitativo no contribuye al desarrollo de una plena democracia, de nada sirve la discusión académica, la producción intelectual si ésta no se transmite y comparte intensamente con la ciudadanía, con los partidos políticos, con los dirigentes del país.