La abdicación del Papa Benedicto XVI esta semana, si todo coincide con la versión publicada por el Vaticano, debe servir de ilustración sobre cómo deberían proceder autoridades de gobierno de otros países.
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Siendo así -que la versión sea la correcta-, que la conducción de una organización del enorme tamaño y complejidad de la Iglesia Católica requiere no solo del deseo y del espíritu de una persona, buena alimentación y otros cuidados, sino además de un cuerpo humano con fuerza y vigor, saludable, la administración de un país y una «revolución» seguramente lo exigen aún más.
Previo de la campaña electoral en Venezuela, el Presidente de ese país anunciaba que debía someterse a tratamientos serios para curar su salud. No anunciaba su candidatura porque se da por sentado que como lo ha dicho en sinfín de ocasiones, duraría en el Ejecutivo de su país por lo menos hasta 2020. Muchos dudaron si se trataba de una estrategia electorera para conservar o ganar adeptos y de esa manera garantizar su estadía en el poder.
Posteriormente, ganadas las elecciones, el Vicepresidente del país petrolero sustituyó a Chávez en el gobierno, como consecuencia de la ausencia de éste, al menos provisionalmente, mientras se recupera de su enfermedad. Es en esta parte donde quizá se debió cuestionar Chávez a sí mismo, si por el bien de su país y de la «revolución» que dirige era conveniente su candidatura e incluso continuar ejerciendo el «mandato» a larga distancia.
No sé cuál de los dos presidentes será peor con la oposición y toda la población de su nación. Y la oposición no representa solo a las personas que pertenecen a los partidos que no son el oficial. El régimen parece estar tan ensimismado que incluso Maduro, con una absoluta falta de sustento, tan solo fundamentado en sus –terribles- creencias, sigue el ejemplo bien aprendido de echar la culpa de todo a Estados Unidos y a la oposición supuestamente alentada por la oligarquía de su país. La política de ese gobierno continúa siendo culpar a extranjeros de lo que pasa dentro de la dinámica social, económica y política de esa nación.
Además de eso, Maduro estridentemente llega al terrible descaro de afirmar -en una publicación de la oficialista Telesur- que la traición al régimen que por el momento dirige se transmite incluso por medio de una sonrisa y que los correligionarios no se deben dejar engañar por sus adversarios que sigilosamente podrían hablarles al oído y con eso despertarlos de su ceguera. Gesto ese -la sonrisa- del que seguramente tendrán que depurar al nuevo hombre surgido del socialismo del siglo XXI.
Lamentablemente, para los venezolanos, todo parece indicar que su gobierno únicamente está ensañado en promover la polarización pero jamás el diálogo y el consenso. No solo una clase habita un país y eso deberían tenerlo presente todos los gobiernos. El sistema democrático debería permitir precisamente el diálogo y el consenso. Los desacuerdos son normales y para eso debe existir necesariamente un estado de Derecho que haga justicia a todos los ciudadanos.
De eso, evidentemente, se olvidan no solo las autoridades venezolanas sino podría decirse que casi todos aquellos que asumen el poder, pensando que son omnipotentes. Lo peor de todo, es que algunos, como en el caso de Venezuela, lo asumen supuestamente llevando consigo la realización del bien común, el bienestar social y el mejoramiento del nivel de vida de la población.
No obstante, lo que llevaron a veces parece peor de lo que se tenía, y no es que se extrañe, pero asumir, incluso, que se debe desconfiar de hasta quien le sonría al otro, porque puede ser una puerta para la traición, se llega entonces al absurdo de las bases que sostienen una “revolución”.
Benedicto XVI parece haber dado un buen ejemplo, por el bien de una institución milenaria. Ojalá se tome en cuenta en esta región del mundo.