Julio Domínguez: el lenguaje artístico de la contemporaneidad


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Cabe preguntar si los seres imaginarios pueden existir exclusivamente en la mente de quien los crea o es condición de su existencia el concretarse en una imagen objetiva que puede ser percibida por otros seres. Y en este último caso, si la actividad de la imaginación no consiste precisamente en concretar sus imágenes no sólo como un acto interno de conocimiento y apropiación del mundo sino también como un acto trascendente de comunicación.

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POR JUAN B. JUÁREZ

Estas preguntas no son retóricas ni ociosas.  Con ellas se define la esencia del arte como conocimiento y lenguaje; es decir, se trata de preguntas filosóficas básicas, aunque no por ello desconectadas con las maneras con que en la actualidad los artistas hacen  las obras vertiginosas, por decir lo menos, que definen nuestra contemporaneidad.

Un artista imaginativo tradicional, por ejemplo, necesita del lápiz y el papel para concretar la forma de los personajes y los objetos que su imaginación crea a medida que los va dibujando: dibujar, crear e imaginar no son acciones independientes y separadas unas de las otras, no son procesos que se dan en diferentes tiempos sino que, en conjunto y simultáneamente, definen un único acto de conocimiento, de creación, de imaginación, y de expresión: un acto artístico de comunicación y de sentido, al interior del cual todos los elementos que lo conforman se han convertido en lenguaje. 

El artista de nuestros días cuenta con elementos más complejos y sofisticados que un lápiz,  pero el acto imaginativo no varía en su esencia si el artista, en vez de un lápiz o un pincel, concreta sus imágenes con una computadora. Sin embargo, lo que puede imaginar, es decir, las posibilidades de su imaginación son infinitamente más amplias si usa la computadora y las máquinas digitales.  No se trata de la velocidad o la versatilidad de las computadoras comparadas con las del lápiz sino de la manera en que el cerebro se relaciona con el lápiz  o con el ordenador, y en este último caso de las funciones complejas que se originan de esa relación  tan ajustada entre ordenador y la estructura neurológica como, en el primer caso, entre el lápiz y la anatomía de la mano. Para tener una idea de lo que puede significar el uso de esta herramienta tecnológica, habría que recordar que hace casi 100 años, cuando no se usaban las computadoras tan intensamente como hoy día, Heidegger decía que pensar era una actividad manual.

Julio Domínguez (Guatemala, 1954) tiene una larga trayectoria como artista visual (que incluye un Primer Premio en dibujo en el Certamen Centroamericano 15 de Septiembre en 1980)  y desde 1990 ha investigado con seriedad las posibilidades del arte digital, ya no sólo como herramienta sino como lenguaje y como vehículo de la imaginación.  De allí que su obra tenga, entre nosotros, un carácter futurista un poco delirante que por lo pronto lo ha alejado de las galerías y los eventos artísticos de gran público.  Dice el artista: “Naturalmente, el arte que se puede producir  con las herramientas cibernéticas que la tecnología pone en nuestras manos va más allá de la simple digitalización de las imágenes producidas con la ayuda del lápiz.  Se trata de partir de un dominio completo del lenguaje de las computadoras, de pensar e imaginar en ese lenguaje,  del cual necesariamente se desprende otra imagen del mundo, otra manera de conocer, de crear e imaginar y, consecuentemente, otra manera de comunicar”. 

Y en efecto, la obra visual de Julio Domínguez creada con medios electrónicos tiene algo de vertiginoso.  Son de hecho imágenes complejas en las que se sintetizan muchísimas más imágenes complejas, cuya lectura implica un aprendizaje y otros hábitos de pensamiento e imaginación, sin los cuales no se pueden comprender que resultan de “congelar” el fluir de un imaginario en movimiento; que son, al mismo tiempo, el resumen y el inventario del imaginario, un experimento y una experiencia, la anécdota y el contexto.

Pero el arte, dice Julio Domínguez, sigue siendo la indagación que hace un ser humano sobre su propia existencia.  La cantidad de variables que el artista imaginativo de nuestros días introduce en sus indagaciones lo devuelve, sin embargo, a asombros y angustias primigenias, y arquetípicas, quizás, muy similares a los que sufrió el hombre de las cavernas.  Y de allí, agrego yo, el sentido ritual que tienen para este artista sus trazos virtuales, el sentimiento religioso que lo impulsa a conjurar angustias primigenias que no tienen nada de virtual con gestos que concretan —¿en dónde?— imágenes cargadas de poder y magia.

Y claro, es asunto de ver —y de oír—, no tanto de hablar, de manera que remito a los lectores a la exposición virtual de Julio Domínguez:
http://dominguezrubio.businesscatalyst.com/index.html