Eduardo Blandón
Hay temas que por su naturaleza no son fáciles. La filosofía, las matemáticas y la química, por ejemplo, son tres materias cuyos contenidos se suelen esquivar por la reputación infame en cuanto a acceso intelectual se refiere. No sólo se les teme, se les abomina, en virtud de las ardides voluntarias o involuntarias de los maestros no siempre buenos.

El tema que ahora presento, tiene un título, quizá inspirado en lo que acabo de decir, eufemístico. Dígame si no: «El cambio climático explicado a mi hija». Casi que le dice a los lectores, acérquense, no tengan pena, les haré el camino fácil, ni lo sentirán. Y la verdad es que el autor, un francés de cepa, lo logra con creces. Y lo realiza no porque el contenido sea fácil, sino por el género como lo presenta.
El libro no es sino un largo examen de preguntas y respuestas, una especie de cuestionario desarrollado, según él, para su hija. La forma suaviza la aridez porque las exposiciones del autor son breves, directas y sencillas. Pocas respuestas exceden una página. Así, el lector, siempre apresurado, por los signos de los tiempos, siente que pasa con rapidez las hojas y que, vaya milagro, va aprendiendo veloz.
¿Es un libro para niños? No lo creo. Lo de «explicado a mi hija» es un gancho publicitario para atraer al lector pragmático y al que gusta cambiar obras con regularidad. Los niños pueden acceder al texto si sus padres, con paciencia, imaginación y buen gusto, les inicia en un tema que sin duda conviene que estén informados.
La conveniencia se da en virtud de la actualidad temática. ¿Hay alguien que no hable del cambio climático en nuestros tristes días? Por supuesto que no. Pero mantenerse sobre la ola y hacer efectivo el prurito del saber por el saber, no deben ser los argumentos principales para una lectura con contenido. Iniciarse en la literatura de la protección del ambiente es capital por las circunstancias siempre peligrosas en que vivimos y por las respuestas que tenemos que dar.
¿Cuáles circunstancias? Esta es precisamente la primera pregunta que trata de dejar clara el estudioso. Jancovici hace una radiografía de nuestro ambiente, lo retrata y lo mide con escrúpulo para darnos una idea sobre dónde tenemos los pies. El resultado es el que ya muchos lectores sospechan: un mundo enfermo, anémico y en estado moribundo. Una situación calamitosa que merece nuestra atención.
Quiero decir, si el autor quiere aclarar intelectualmente a quien no tiene idea del universo en que vivimos, también desea llegar al corazón de los bibliófilos para convencerlos y que se proyecten concretamente con acciones reales. No se trata de fanfarronear ni aparecer como sabihondo, sino hacer nacer la conciencia para tomar cartas del asunto. El autor pareciera con la convicción de que hemos llegados a las postrimerías.
¿Apocalíptico? Un poco. ¿Ecohistérico? A veces. Hay que reconocer que Jancovici hace todo el esfuerzo por no aparecer uno de esos predicadores milenaristas, pero tiene momentos de fracaso o quizá traiciones de la pluma y las prisas. El hecho es que más allá de querernos meter en miedo existe la honorabilidad de alguien preocupado por su casa. La convicción es: o haces algo hoy o no habrá tiempo de arrepentirse.
«No se podrá volver atrás en el tiempo. Pero todavía se puede evitar lo peor, en todo caso es lo que espero, y hay que hacer todo lo posible para eso. Esto implica, por ejemplo, aceptar -¡enseguida, no dentro de diez años!- no ir forzosamente a hacer largos estudios a la facultad, sino volverse agricultor, albañil o carpintero, o incluso no decir «dejaré el auto dentro de diez años, cuando pase el tren por la puerta de mi casa», sino decir enseguida «me levanto media hora más temprano para ir a trabajar», aunque sea duro».
Cual Juan el Bautista proclama que «el tiempo hay llegado». Que hemos hecho del mundo un basurero y que el egoísmo nos ha fagocitado. Somos cuasicadáveres. Nos amenazan las lluvias, el calentamiento global, las pestes y una debacle económica de la que no tenemos idea. Pero no todo está perdido, el intelectual dice que todavía podemos tomar iniciativa y revertir la situación.
«Tenemos dos a tres años para terminar de trazar los contorno de lo que hay que hacer, tres años para encontrar al buen presidente que deberemos elegir la próxima vez y quince a cuarenta años para poner todo en su sitio. Piensa en eso para no equivocarte de estudios, porque no hay que formarse para ejercer un oficio de ayer, sino realmente un oficio del mañana. Y además, hija mía, ¡estarás armada para darle pelea a la vida!».
Entre tantas ideas ingeniosas (ya se ha escrito eso de volverse albañil o carpintero), el autor opina de las bondades del alza en los precios del combustible. Esta manera aseguraría la renuncia obligada de la marea humana que acostumbra a viajar en automóvil y de los selectos proclives a las aventuras aerodinámicas. «Â¿Por qué es una buena idea pagar más caro? Por dos razones. Primero porque, como el petróleo terminará por agotarse, o bien el consumo bajará porque lo habremos decidido, o bien bajará apenas un poco más tarde pero de manera imprevisible. En este caso habrá una desorganización social importante, desocupación, montones de empresas cerrarán (turismo, transportes y subcontratistas, hipermercados, una parte de los industriales del gran consumo, luego sus proveedores, etc.) y, si es demasiado grave, se desencadenarán guerras y motines. Todo esto es el resultado de un dinero que empieza a irse a otra parte, puesto que el precio del petróleo aumenta cuando lo compramos a los productores. En cambio, si se suben los precios en el país consumidor, por la vía de gravámenes, sin que el precio aumente cuando se lo compra al productor, ¿adónde va el dinero? A nuestro bolsillo…»
El libro, de ciento seis páginas, puede servir para una discusión sobre el tema climático, iniciarnos en un contenido interesante o bien variar un poco de lectura. Si se anima, puede comprar el libro en el Fondo de Cultura Económica.