Jacarandas, evocadas en Edén Villa Tiara


Luis_Enrique_Prez_nueva

En una noche de un próximo día de Febrero quiero soñar flores de jacaranda, que vuelan hasta el cielo, y se vuelven luminosas, y acompañan a las estrellas. Quiero soñar que sus pétalos caen sobre caminos siderales, sobre los cuales transita mi sueño hacia un presentido destino benévolo, del cual solo saben aquellas flores.

Luis Enrique Pérez


En un amanecer de un próximo día de Febrero quiero despertar ante un árbol de jacaranda, como ante un prodigioso altar de la Naturaleza. Quiero deambular sobre veredas sorpresivas ocultas entre árboles de jacaranda. Quiero perderme en algún bosque de esos mismos árboles. Quiero reposar bajo un dosel de florecidos ramajes de ellos; y trepar, con repentina agilidad felina, hasta los más altos ramajes del árbol más alto, y desde allí observar los pétalos que se desprenden de sus flores, y que, agitados por cálidos céfiros corteses, caen con mágica solemnidad, hasta rozar sorprendidas pero agradecidas briznas herbáceas
    En una tarde de un próximo día de Febrero quiero decirle a la mujer amada: “Ven. Dame tu mano. Te invito a pasear por campos que tienen misteriosos idilios con los florecidos árboles de jacaranda.” Y cuando estuviéramos ya en alguno de esos campos, le diría: “Detente, por favor. Detente bajo aquel árbol de jacaranda. Mira hacia sus ramas; y espera a que de sus flores caigan pétalos sobre tu frente; o espera a que, en tu larga y densa cabellera, se prendan pétalos de esas mismas flores; pétalos que quizá anhelan residir en esa caballera tuya, con la esperanza de preservar ilimitadamente su preciosa turgencia.”
    En cualquier día de Febrero busco árboles de jacaranda. Y los encuentro. Los encuentro dotados de flores con impredecibles matices de color morado, o azul, o rosado, o blanco o púrpura. Busco árboles de jacaranda. Y los encuentro. Los encuentro dotados de flores que ya han vertido pétalos en la angosta calle de un viejo barrio; o en la ancha avenida de una ciudad antigua; o en el patio de una casa abandonada; o en la vecindad de una ruinosa ermita; o en el agua de la fuente de un parque solitario; o en la orilla de un barranco poblado de pájaros; o en la cumbre de un cerro cuyo contorno se disipa lentamente en el rojizo-rosáceo-dorado atardecer.
    He pensado que el acontecer de mi vida sería distinto si no hubiera conocido flores de árboles de jacaranda. Y secretamente me inquieta la posibilidad de que no las hubiera conocido porque no sé cómo sería mi vida sin ellas. Todavía más me inquieta la posibilidad de que en el Universo no hubiera flores de jacaranda porque no sé cómo sería el Universo mismo sin ellas. Empero la angustiada inquietud tórnase consolatoria quietud cuando compruebo que hay flores de jacaranda, y que las conozco.
    Cuando los árboles de jacaranda han perdido sus flores, siento que he perdido una época feliz de mi vida; pero las recuerdo, y entonces  se vuelven latidos beatíficos de mi memoria complacida, o gratas divagaciones de mi escapada imaginación, o perlas fugaces de mi holgada fantasía, o ficciones de mis pasadas percepciones. Y aunque sienta que he perdido una época feliz de mi vida, eludo la melancolía, porque sé que el piadoso ciclo de las estaciones me devolverá aquella época, enriquecida con resurgidas flores de jacaranda, que serán beatíficas primaveras en otoños inevitables.
    Post scriptum. Nunca cortaría una flor de jacaranda. Precisamente le he prohibido a mis manos cortarlas, aunque pueden tocarlas con la delicadeza de las manos que intentan tocar una gota de agua que no ha de ser disuelta.