J. Adrián Coronado Polanco


El Catedrático de Catedráticos don J. Adrián Coronado Polanco, agradece con un elocuente discurso, la imposición en su pecho de una medalla en reconocimiento a sus méritos personales y académicos. A su lado sus ex - alumnos Miguel íngel Rayo Ovalle y Marcelo Gaytán Sánchez. Observa el profesor Efraí­n Rí­os Sandoval, Director del Instituto antigí¼eño. FOTO LA HORA: CORTESíA MARIO GILBERTO GONZíLEZ R.

POR MARIO GILBERTO GONZíLEZ R.

En un regio escenario, está una bella dama sentada en su trono. Con delicada cortesí­a invita a pasar a cada uno de sus invitados.


El catedrático don J. Adrián Coronado Polanco, rodeado de sus alumnos: Marcelo Gaytán Sánchez, Carlos González, José Francisco Arroyave, Miguel íngel Ordóñez, Miguel íngel Rayo. Conrado Pérez, Rodolfo Méndez Escobar, Horacio Mejí­a, entre otros. FOTO LA HORA: CORTESíA MARIO GILBERTO GONZíLEZ R.Instituto Normal para Varones

¿Quién eres? le pregunta al primero. Soy Aní­bal. El que venció los Alpes con el propósito de dominar a Roma en nombre de Cartago. ¿Y tú? Soy Sócrates. El que le enseñó a la juventud la verdad con el diálogo y le recomendó que primero se conociera a sí­ mismo. Yo, Señora, soy Sófocles, el maestro de las tragedias griegas. El que puso en boca de Antí­gona el reclamo contra Creonte por su despotismo y tiraní­a y para ripostarle que sobre sus leyes escritas, están las leyes no escritas por los dioses y que se cumplen inexorablemente. Yo traigo -Señora mí­a- un puñado de versos que cantan a la naturaleza, mi nombre es Virgilio. Con mis pinceles plasmé en el lienzo, la belleza, el encanto y el misterio de la Concepción Divina de Marí­a, soy Bartolomé Esteban Murillo. Soy Platón -señora- el de las ideas puras. En mi exposición del Banquete, demostré «la oposición entre el alma y el cuerpo, entre lo inteligible y lo sensible.» y en la apologí­a recordé a mi maestro Sócrates. Yo traigo nueve sinfoní­as magistrales que tu puedes escuchar -señora mí­a- porque estoy privado del sentido del oí­do, soy Ludwig van Beethoven. Yo soy -augusta señora- Miguel de Cervantes Saavedra, llamado el Manco de Lepanto. Soy el que a la luz del rubicundo Apolo, puso sobre los caminos de la Mancha a don Quijote en busca de Dulcinea del Toboso y en la aventura le acompañó su escudero el dicharachero Sancho Panza. Soy Alejandro Magno, conquistador del Imperio Persa, fundador de la ciudad de Alejandrí­a, donde funcionó el Museo y la gran Biblioteca que reunió el conocimiento de pensadores, sabios, poetas, las ciencias, las artes, la polí­tica y la filosofí­a y que llegó a ser el mayor centro cultural del mundo antiguo. Mi nombre es: Cneo Pompeyo Magno. Derroté a Mario en Sicilia y limpié el Mediterráneo de Piratas. Compartí­ el poder del Imperio con Craso y Julio César. Restablecí­ el orden de la ciudad contra los motines de los mercedarios y velé por la defensa de la República. Soy Ciro II El Grande. Fundé el Imperio Persa que mantuvo su vigencia por más de doscientos años. Herodoto relata mis hazañas hasta conquistar Babilonia. Me conocen Señora por Darí­o el Grande. Me hice del poder por un golpe de estado, sin embargo deje un Imperio con solidez de organización polí­tica y militar. Soy Marco Tulio Cicerón. Se me reconoce como escritor, filósofo, orador y polí­tico romano. Con mi oratoria expresé con brillantez y poder de convicción mis ideas y mis cuatro discursos expuestos en el Senado, son conocidos como las Catilinarias. Una de mis frases favoritas fue: «Una cosa es saber y otra saber enseñar.» A pesar de mi orgullo y vanidad, con sencillez me presento ante vos, augusta señora, Fui. Emperador de los franceses. Rey de Italia y tuve el control de Europa Occidental y Central, por medio de conquistas y alianzas, mi nombre es Napoleón Bonaparte. Cultivé el arte y la arquitectura. Soy Miguel íngel. Esculpí­ la Piedad y a Moisés. Pinté la capilla Sixtina y construí­ la cúpula de la Basí­lica de San Pedro en la ciudad del Vaticano. Mi nombre es: Leonardo Da Vinci. Fui Pintor, escultor, arquitecto e inventor. Pinté al óleo a la Gioconda y al fresco la Santa Cena. Me recuerdan por mis inventos y por haber tenido el sueño de que el hombre, algún dí­a volarí­a como un pájaro. Soy .José Zorrilla. Por amor, lancé a don Juan Tenorio a la aventura de vencer las tapias del Monasterio para robarse a doña Inés. Soy Albert Einstein. Mi teorí­a de la relatividad, es difí­cil de exponer en pocas palabras. Con ella se rompe la mecánica clásica y se explican los fenómenos fí­sicos que se suceden en el espacio-tiempo donde ocurren cosas curiosas viajando a las velocidades cercanas a la luz. Recomendé a los jóvenes que «Nunca consideren el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber.» Mi nombre es Charles Robert Darwin. Sorprendí­ al mundo cientí­fico con mi atrevido estudio sobre la Evolución de las Especies que cambiarí­a muchos de los conceptos hasta entonces inamovibles. Perdonad mi atrevimiento -soberana Señora- Soy Bernardino de Siena, franciscano y predicador. Escribí­ Siete Reglas a los estudiantes de la Universidad de Siena para facilitarles el modo de estudiar.

Así­ desfilaron: Sor Juana Inés de la Cruz con su poema inmortal: «Hombres necios que acusáis/ a la mujer, sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que la culpáis.»; Lope de Vega con un puñado de poemas y obras de teatro; Santa Teresa de Jesús con su Camino de Perfección y sus Moradas; Pedro Calderón de la Barca con su Vida es Sueño, Tácito, Erasmo de Rótterdam, Séneca, Rousseau, Descartes, Montaigne, Dante, Tintoretto, Kant, Ticiano, Verdi…y tantos más.

Vencido por los años, con paso lento y las manos manchadas de tinta, entró un personaje de apariencia sencilla que le dice a la dama: Perdonad Señora mi estampa. El exceso de trabajo no me ha permito quitarme el atuendo laboral. Soy Gutenberg. El que le puso letras a unos trocitos de madera, los bañé de tinta, le puse un papel encima y con una prensa multipliqué las letras. Mi invento es la Imprenta. ¿Y tú quién eres, bella y regia dama? Soy la Historia que vengo a coronarte. ¿A coronarme a mí­? Si. A coronarte a ti, porque con tu invento, has logrado dejar impreso y multiplicado para siempre el conocimiento humano. Quedará impreso y se conservará para las futuras generaciones en Bibliotecas y Hemerotecas. Con tu invento has logrado que el mundo conozca el pensamiento de quienes te han antecedido y de quienes vendrán después.

Así­ eran las clases magistrales de historia del catedrático don J. Adrián Coronado Polanco en el instituto antigí¼eño, alma máter de los estudios de bachillerato y magisterio en la romántica ciudad de las «Perpetuas Rosas».

Don Adrián, Fue además, un orador elocuente con gran dominio de voz, gestos, belleza de lenguaje y limpieza de ideas adornadas de metáforas. Dueño de una cultura riquí­sima, exquisita y basta. Sus lecturas las reforzaba con profundas reflexiones y lo que le contaban sus ex-alumnos cuando viajaban. Con su rica y poderosa imaginación, parecí­a que nos transportaba a las mí­ticas pirámides de Egipto para que la Esfinge nos contara el secreto que guarda con tanto misterio. Nos llevaba de la mano por las calles de Paris. O era un guí­a excelente en los vericuetos del Coliseo romano y en los monumentos milenarios de la antigua Atenas. Fue -a mucho honor- Catedrático de Catedráticos.

Don J. Adrián Coronado Polanco viví­a frente al templo de la Escuela de Cristo. De noche -en el verano- salí­a a tomar el fresco bajo una frondosa jacaranda donde nos contaba sus aventuras donjuanescas, a cuales más emocionantes.

Tení­a una gata blanca y hermosa de nombre Esmirna. Una mañana al impartir sus clases empezó a bostezar. ¿Qué le pasa Coronel? Le preguntó un alumno como a él le gustaba que se le llamara. -No he dormido- porque gatos desde la Calle Ancha han llegado esta madrugada a enamorar a mi gata.

Su estampa era evidente cada mañana en la Calle de los Pasos. Alto, fornido, con lentes pequeños oscuros, bigote bien poblado, camisa blanca, corbata ancha y chaleco. Enfundado generalmente en un traje oscuro. Los zapatos eran bicolor con un tacón más alto que el normal. Al cinto llevaba una cartuchera vací­a para darse los aires de ser un coronel. La guasa estudiantil siempre oportuna, decí­a que en la cartuchera, llevaba un banano para la refacción de las diez de la mañana. Los alumnos lo acompañábamos cuando al mediodí­a retornaba a su casa frente a la Plazuela de la Escuela de Cristo y la conversación fluí­a entre lo serio y lo jocoso.

En las postrimerí­as del gobierno del general Ubico se le suspendió en sus labores docentes por carecer de tí­tulo de maestro. La tristeza lo embargó y para disiparla, todas las tardes nos juntamos en la plazuela de la Ermita de la Santa Cruz, recién remozada. Sus pláticas fueron clases elocuentes de historia de la ciudad de Santiago de Guatemala y de la naciente ciudad de Antigua Guatemala. Me hizo referencias preciosas del barrio de la Santa Cruz. Me habló bellezas de Genoveva la «Flor del Pensativo». Y con guasa me decí­a: Y ahora, dí­game, mi querido discí­pulo ¿qué es lo que ve?: Cerote por aquí­…cerote por allá…

Su presencia en el Instituto fue reclamada y volvió a impartir sus clases. Eran tan amenas sus clases que el toque de la campana -en otras clases tan esperado- llegaba de mal gusto.

Alguien corrí­a presuroso a cerrar la puerta del aula, porque esos diez minutos eran valiosos para escuchar su docta palabra.

El paso de los años se hizo evidente. El sueño lo vencí­a y por intervalos se quedaba dormido, sentado frente a la cátedra. El respeto y el cariño de sus alumnos se manifestó con el silencio. No se escuchaba -como se decí­a entonces- ni el vuelo de una mosca. Con gran sentimiento le vimos declinar. Todo un gran monumento se derrumbó poco a poco.

Para jubilarse y gozar de un recurso económico, se reclamó de nuevo el tí­tulo de maestro. Otro golpe a la sensibilidad del maestro. Enfermo tuvo que someterse a examen ante quienes un dí­a fueron sus alumnos. No pudo ocultar su humillación. El examen se realizó con preguntas y respuestas que desconcertaron a los miembros del jurado examinador. Don Adrián tení­a recursos escondidos de su rica formación académica y cultural. La guasa estudiantil lo expresaba de otra manera: «Don Adrián los chamarrió». Dando a entender que aun en esas condiciones sabí­a mucho más que ellos.

Ante la situación precaria para costearse su manutención, atención médica y medicinas, sus ex-alumnos lograron que el Ministerio de Educación publicara su libro Monografí­a del Departamento de Sacatepéquez. Lo que se recaudó de la venta sirvió para la compra de medicinas.

En sus buenos tiempos fui el encargado de comprarle el material que requerí­a para impartir sus clases: papel, borrador, tinta, canutero, secante y plumas en las librerí­as Azmitia de don Bartolomé Azmitia y en la Mariposa de don Sofí­o Porras. y en los malos tiempos, las medicinas en la farmacia Fénix.

Largas y enriquecedoras fueron las tardes que pasé a su lado, no solo atendiéndole, sino escuchando en clases magistrales, la riqueza de sus sólidos conocimientos.

Fui uno de los oradores que lo despidieron y exaltaron su regia personalidad. Previo a su inhumación, recordé este pasaje con un bello y reflexivo poema de Juan de Dios Peza: «Si el hijo no se olvida que será hombre, el hombre sí­ olvida que fue hijo.» Si el alumno no olvida que será maestro, el maestro olvidó que fue alumno.