Si nos atenemos a la forma en que se pretende que se libre la guerra contra el narcotráfico, uno tendría que suponer que todos los capos están operando al sur de la frontera de Estados Unidos y que no existen allí redes de distribución manejadas por cárteles, sino que el producto se riega como por arte de magia porque nunca cae ningún cabezón, y si acaso de repente se produce el milagro de una captura, resulta que siempre son “hispanos†los que caen.
ocmarroq@lahora.com.gt
Digo lo anterior para expresar la asimetría que hay en el tema de la droga, puesto que Estados Unidos tiene el tupé de “certificar†a los países por su lucha contra el narcotráfico, pero ellos no hacen nada por combatir el problema en su propio territorio para reducir la demanda. Y ahora que está en Guatemala una delegación de alto nivel, encabezada por la misma Secretaria de Estado, Hillary Clinton, es importante señalar que más que un tema de corresponsabilidad, se trata de una cuestión en la que hay una profunda distorsión porque se ha trasladado a estos países el calvario de un negocio sangriento que tiene su verdadero origen en la demanda planteada por los consumidores en los países desarrollados.
Y hay que ver que a nuestros países se nos impuso la pesada carga de convertir a varios de ellos, en cuenta Guatemala, en el campo de batalla de la Guerra Fría y el costo fue terrible porque la cantidad de muertos causada por los efectos de la confrontación es tremenda. Y ahora nos convertimos en el campo de batalla de la lucha de Estados Unidos contra el narcotráfico, con iguales o peores consecuencias en términos de violencia e inseguridad, para no decir nada de lo que ha significado ese desigual trato en términos de destrucción de nuestras instituciones, sea en el marco de las llamadas doctrinas de seguridad o en el del combate al narcotráfico.
Las voces de dirigentes latinoamericanos que han tenido experiencias directas en la desigual lucha contra el narcotráfico apuntan cada vez con más vigor a plantear un cambio profundo en las políticas diseñadas por Washington en el transcurso de los últimos cuarenta años para combatir a los narcos. Siempre nos dicen que si seguimos haciendo lo mismo vamos a tener los mismos resultados y eso pasa con la droga, puesto que años y años de lucha, con regueros de sangre, no han hecho más que empoderar a los cárteles de la droga hasta convertirlos en la mayor amenaza para las sociedades en estos tiempo, tanto que nadie hubiera imaginado en los años setenta que llegaríamos a los niveles de crisis que actualmente se dan.
Primero era la exigencia de que Estados Unidos asuma su parte de responsabilidad en el problema, lo cual hicieron retóricamente por vez primera ya en el gobierno de Obama cuando la señora Clinton, en México, admitió que su país tiene una cuota en esa materia. Pero no se ha pasado de las palabras a los hechos y lo demuestra lo enunciado al principio de esta columna, entre otras cosas, porque se pretende que la lucha se libre lejos de la frontera y con “hispanos†como carne de cañón.
El debate sobre la legalización en el consumo de las drogas se impone y tiene que abordarse con seriedad basados en antecedentes históricos como el fin de la era de la Prohibición en Estados Unidos, antecedente que puede y debe ser ilustrativo en la discusión del tema. No se trata únicamente de decir que la responsabilidad es compartida cuando todo tiene su origen en la demanda que presiona los precios, a su vez empujados al alza por la lucha feroz entre cárteles y con los Estados, y en la indiferencia existente para atacar el problema en su raíz que no es en los sembradíos de coca, sino en las calles de las urbes donde se vende la droga.