Para los clandestinos africanos, el exilio en Israel es como una ruleta rusa que puede abocar a un empleo bien pagado en Eilat, estación turística del mar Rojo, o a una larga reclusión en la prisión de Ketziot, en el corazón del desierto de Neguev (sur).
Israel, país de economía floreciente a las puertas de ífrica, está confrontado a una afluencia sin precedentes de inmigrados clandestinos llegados de Sudán, Eritrea, Etiopía o Costa de Marfil.
El Estado hebreo permitió, temporalmente, que unos centenares de inmigrantes sudaneses, sobre todo de Darfur, trabajaran en kibutz (pueblos colectivistas) o en estaciones balnearias, como Eilat, a orillas del mar Rojo, faltos de mano de obra. Y un sueldo inesperado.
En ífrica, la noticia corrió como un reguero de pólvora.
Y por primera vez en su corta historia, Israel tiene que enfrentarse a los retos de la inmigración clandestina.
En la cárcel de Ketziot, aplastada por el sol, tiendas y barracones acogen a unos 400 inmigrantes en espera de una decisión. Algunos obtendrán un permiso de residencia o el estatuto de refugiados, otros serán reconducidos a la frontera egipcia.
Amadou Baldé, 25 años, de Costa de Marfil, no entiende por qué está encerrado.
«No soy ningún criminal, sólo quiero trabajar para ayudar a mi familia, en Costa de Marfil», dice.
Con varios amigos, optó por Israel en lugar de España, Italia o Francia. «Europa, es peligroso, tienes que cruzar el Mediterráneo. Venir a Israel es más seguro», explica.
Todos cuentan lo mismo: después de pagar entre 1.000 y 2.000 dólares por el periplo a través de Africa, fueron conducidos por beduinos hasta la frontera –200 km mal controlados– que separa el Sinaí egipcio de Israel.
Pero a algunos, la expedición los condujo hasta la prisión de Ketziot, donde las mujeres viven en módulos prefabricados con aire acondicionado, mientras que los hombres se contentan con tiendas donde el calor es insoportable. Los clandestinos se reagrupan habitualmente por nacionalidades, por etnias.
«Queremos quedarnos aquí porque Israel respeta los derechos humanos», explica William, que huyó de Darfur, sus 200.000 muertos y más de dos millones de desplazados, según la ONU, una cifra contestada por Jartum . Regresar a esta región equivaldría a firmar su propia pena de muerte, estima.
Alí, oriundo del sur de Sudán, ha tenido más suerte. Encontró trabajo en Royal Beach, un palacio de Eilat, donde hace la limpieza en las habitaciones. Una bendición para él.
«Cobro 4.000 shekeles al mes (970 dólares). Tengo vivienda, mi esposa y mis hijos están seguros, espero que Israel nos autorice a quedarnos», explica.
Los responsables de la industria turística están felices.
«Son buenos trabajadores. Están motivados porque necesitan dinero para ayudar a sus familias. Asumen trabajos que los israelíes no quieren», explica David Blum, director de personal de la cadena Isrotel, que ha contratado a más de 200 inmigrados.
Sin embargo, la ONU está inquieta.
«Israel es el único país occidental que tiene frontera terrestre con Africa, miles de personas quieren probar suerte», explica Miky Bavli, director del Alto Comisionado para Refugiados en Israel (Acnur).
Pero, advierte, «si los 2.500 refugiados actuales son aceptados en Israel, llegarán decenas de miles más y, sin un acuerdo político con Egipto, la catástrofe será inevitable».
El ministro israelí de Interior, Meir Sheetrit, propuso la semana pasada conceder la nacionalidad a varios centenares de refugiados de Darfur y expulsar a todos los demás a Egipto.