Cuando aparecen en el escenario histórico los reyes Saúl, David y Salomón da inicio el apogeo del reino Israelita (c. 1000 a.C).
En las décadas, y siglos anteriores, se mantenía la lucha cerrada entre los hebreos y los filisteos, que eran los dos grupos dominantes en la tierra de Canaán en la que también moraban otros pueblos cananeos de menor peso. Sin embargo, la balanza ya se estaba decantando a favor de los israelitas. De esos años anteriores se recogen las crónicas de Sansón, de Gedeón, de Jonatan y por supuesto de David y Goliat.
Casi por necesidad histórica se constituyó la monarquía y se consagró como primer rey a Saúl. Se agruparon las doce tribus y se unificaron los territorios del norte (Israel propiamente dicho) y del sur (Judá). Saúl fue ungido como el primer rey, David fue al principio uno de sus consentidos pero lamentablemente surgieron fricciones entre ellos; al morir Saúl se escogió al pequeño pastor que con una honda venció al gigante filisteo Goliat.
A David no se le conoce como profeta, músico (era virtuoso del arpa) ni como patriarca, ni como escritor sacro (se le atribuyen los Salmos); David pasó a la historia como rey, como el Rey David. Para entonces los hebreos ya no eran un grupo de nómadas, ni de siervos, ni de pueblos desordenados; al mando del rey David los dominios del reino hebreo, en el que estaban unificadas las 12 tribus, prácticamente comprendieron el territorio que unos mil años antes el Señor, a través de Abraham, les había ofrecido en herencia, a cambio de su lealtad como pueblo; aunque ampliaron un poco mas dicha herencia pues se incluían territorios de los actuales estados de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak; desde el Nilo hasta el Eúfrates (1 Reyes, 11 1-5).
También sometieron a los filisteos a los que desplazaron a los territorios del sur oeste, por Gaza (¿suena a lugar familiar?) y de esa forma tuvieron acceso al mar Mediterráneo. Sin duda la mejor conquista de David fue la fortaleza situada en el monte Moriah, en un emplazamiento casi inexpugnable que resguardaba la ciudad de los jebuseos quienes mantenían cierta autonomía en medio de Canaán. Esa ciudad se convirtió desde entonces en el centro de la actividad política y religiosa del pueblo judío. Evidentemente David fue un gran guerrero y por eso no le fue dado ser el constructor del Templo; no podía por ser un «guerrero y has derramado sangre» el que edificara el lugar de paz y reverencia, ese crédito histórico correspondería al hijo que tuvo con Betsabé, y sucesor: Salomón.
El rey guerrero preparó las bases del gran reino, pero fue el rey sabio el que marca el momento de mayor esplendor, cuyo trono era de oro y marfil, y «todas sus copas eran de oro, lo mismo que toda la vajilla del palacio» y tenía «cuatro mil caballerizas para sus caballos y sus carros, y doce mil jinetes». En fin un rey que «hizo que en Jerusalén hubiera tanta plata como piedras» y quien tuvo «setecientas esposas de rango real y trescientas concubinas, y sus mujeres le desviaron el corazón» (1 R, 11:3). Sin embargo, es sus últimos años tuvo una vida mas sosegada y escribió el Eclesiastés donde destaca, entre otras, la frase: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad».
Ahora bien, para los efectos de la presente serie podemos afirmar que los israelitas tenían señorío sobre todo su reino; no podemos hablar de legalidad, pero para los parámetros de esa época el dominio israelita sobre ese territorio era aceptable, su autoridad era reconocida por los egipcios, los persas, los pueblos de Asia Menor y del Egeo, etc. Aunque originalmente la tomaron por conquista, se asentaron en el lugar, sometieron e incorporaron a pueblos vecinos. Por ende es incuestionable que eran los dueños de la mayor parte del territorio conocido entonces como Canaán, hoy el Estado de Israel.