Las noticias que llegaban de la Tierra Prometida eran al mismo tiempo muy alentadoras pero también sombrías. Moisés, desde los campamentos del lado oriental del Jordán, había mandado exploradores que regresaron con «una rama que tenía un racimo de uvas, y entre dos se lo llevaron colgado de un palo» (Nm, 13, 23) –en lo que se ha constituido como uno de los símbolos de Israel -y afirmaban que «realmente es una tierra donde la leche y la miel corren como el agua» (Nm, 13, 27) (expresión que puede entenderse metafóricamente o literalmente, cada quien como lo estime). Pero también informaron que la tierra estaba ocupada por diferentes pobladores, entre otros sidonios, aveos, gibilitas, amorreos, ferezeos, heveos, jebuseos, gabonitas y filisteos (en el otro extremo occidental). Por lo tanto debían prepararse muy bien para la conquista, esto es, para la guerra. Aquí relucen las habilidades guerreras de Josué quien dirigió el ataque a Jericó. Cruzaron el Jordán y se situaron cerca de las murallas; conforme las instrucciones de Josué 7 sacerdotes llevaron el cofre del pacto tocando 7 trompetas por 6 días, el 7º. día dieron la misma vuelta y tras el estruendo de las trompetas y el griterío de los soldados las murallas se desmoronaron. ¿Milagro? ¿Efecto acústico o físico misterioso? ¿Oportuno terremoto? Cada quien que extraiga sus propias conclusiones, el hecho concreto es que los israelitas, no sólo tomaron la ciudad, sino que «después mataron a filo de espada a hombres, mujeres, jóvenes y viejos, y aun a los bueyes, las ovejas y los asnos. Todo lo destruyeron por completo» (Jos.6, 20). Solo se salvó Rahab, la prostituta que había dado refugio a los espías que pocos días antes habían incursionado dentro de las murallas. El principal obstáculo de entrada estaba superado, los israelitas siguieron avanzando. Jerusalém que queda a unos 27 kms. de Jericó para entonces no era un poblado significativo. El territorio, todavía poco poblado, se distribuía en pequeñas ciudades que venían a ser como feudos o como ciudades estados (y que venían teniendo un dominio egipcio periférico). Acompañando el avance israelita el texto bíblico hace referencia, casi exclusivamente, al término de «conquista»; una conquista cruenta y, para los criterios actuales, muy cruel. Al principio, cerca del año 1,200 a.C., a pesar de sus triunfos los israelitas tuvieron que conformarse con asentarse en las montañas: «Y aunque el Señor acompañaba a los de Judá, y ellos pudieron conquistar las montañas, no pudieron echar de los llanos a los que allí vivían, porque estos tenían carros de hierro» (Jue. 1, 19). Igualmente se les complicaron las batallas contra los madianitas que traían una nueva y terrible arma: los camellos. (Es curioso pero la domesticación de camellos era relativamente reciente, por ejemplo los egipcios no los mencionan ni los reproducen). Otras armas novedosas eran las de hierro, muy superiores a las de bronce, y obviamente a las de oro y plata que no se prestan ni se van a usar para fines bélicos, por eso el hierro en esa fase inicial era tan apreciado como esos nobles metales). Los israelitas ganaban y perdían batallas y así estuvieron cerca de dos siglos en un período de lento asentamiento. Habían incursionado por el este, desde el desierto; sus mayores rivales habían llegado del mar, por el occidente, eran los filisteos. í‰stos se dividían en cinco ciudades estado: Asquelón, Azoto, Acarón, Gat y, por supuesto, Gaza. Por lo general mantenían su autonomía pero se aliaban para efectos bélicos; en ese sentido eran más organizados que los israelitas y en general dominaban la situación al punto que, cerca de 1,050 a. C. pusieron en peligro la existencia misma del pueblo hebreo que se vio obligado a unificarse bajo el sistema monárquico, nombraron al primero rey de una tribu pequeña (Benjamín) para evitar fricciones. Empezaba un período de magnificencia que había de lograr su mayor esplendor con los reyes David y Salomón.