Israel, Palestina y Gaza (V)


Luis Fernández Molina

Las noticias que llegaban de la Tierra Prometida eran al mismo tiempo muy alentadoras pero también sombrí­as. Moisés, desde los campamentos del lado oriental del Jordán, habí­a mandado exploradores que regresaron con «una rama que tení­a un racimo de uvas, y entre dos se lo llevaron colgado de un palo» (Nm, 13, 23) –en lo que se ha constituido como uno de los sí­mbolos de Israel -y afirmaban que «realmente es una tierra donde la leche y la miel corren como el agua» (Nm, 13, 27) (expresión que puede entenderse metafóricamente o literalmente, cada quien como lo estime). Pero también informaron que la tierra estaba ocupada por diferentes pobladores, entre otros sidonios, aveos, gibilitas, amorreos, ferezeos, heveos, jebuseos, gabonitas y filisteos (en el otro extremo occidental). Por lo tanto debí­an prepararse muy bien para la conquista, esto es, para la guerra. Aquí­ relucen las habilidades guerreras de Josué quien dirigió el ataque a Jericó. Cruzaron el Jordán y se situaron cerca de las murallas; conforme las instrucciones de Josué 7 sacerdotes llevaron el cofre del pacto tocando 7 trompetas por 6 dí­as, el 7º. dí­a dieron la misma vuelta y tras el estruendo de las trompetas y el griterí­o de los soldados las murallas se desmoronaron. ¿Milagro? ¿Efecto acústico o fí­sico misterioso? ¿Oportuno terremoto? Cada quien que extraiga sus propias conclusiones, el hecho concreto es que los israelitas, no sólo tomaron la ciudad, sino que «después mataron a filo de espada a hombres, mujeres, jóvenes y viejos, y aun a los bueyes, las ovejas y los asnos. Todo lo destruyeron por completo» (Jos.6, 20). Solo se salvó Rahab, la prostituta que habí­a dado refugio a los espí­as que pocos dí­as antes habí­an incursionado dentro de las murallas. El principal obstáculo de entrada estaba superado, los israelitas siguieron avanzando. Jerusalém que queda a unos 27 kms. de Jericó para entonces no era un poblado significativo. El territorio, todaví­a poco poblado, se distribuí­a en pequeñas ciudades que vení­an a ser como feudos o como ciudades estados (y que vení­an teniendo un dominio egipcio periférico). Acompañando el avance israelita el texto bí­blico hace referencia, casi exclusivamente, al término de «conquista»; una conquista cruenta y, para los criterios actuales, muy cruel. Al principio, cerca del año 1,200 a.C., a pesar de sus triunfos los israelitas tuvieron que conformarse con asentarse en las montañas: «Y aunque el Señor acompañaba a los de Judá, y ellos pudieron conquistar las montañas, no pudieron echar de los llanos a los que allí­ viví­an, porque estos tení­an carros de hierro» (Jue. 1, 19). Igualmente se les complicaron las batallas contra los madianitas que traí­an una nueva y terrible arma: los camellos. (Es curioso pero la domesticación de camellos era relativamente reciente, por ejemplo los egipcios no los mencionan ni los reproducen). Otras armas novedosas eran las de hierro, muy superiores a las de bronce, y obviamente a las de oro y plata que no se prestan ni se van a usar para fines bélicos, por eso el hierro en esa fase inicial era tan apreciado como esos nobles metales). Los israelitas ganaban y perdí­an batallas y así­ estuvieron cerca de dos siglos en un perí­odo de lento asentamiento. Habí­an incursionado por el este, desde el desierto; sus mayores rivales habí­an llegado del mar, por el occidente, eran los filisteos. í‰stos se dividí­an en cinco ciudades estado: Asquelón, Azoto, Acarón, Gat y, por supuesto, Gaza. Por lo general mantení­an su autonomí­a pero se aliaban para efectos bélicos; en ese sentido eran más organizados que los israelitas y en general dominaban la situación al punto que, cerca de 1,050 a. C. pusieron en peligro la existencia misma del pueblo hebreo que se vio obligado a unificarse bajo el sistema monárquico, nombraron al primero rey de una tribu pequeña (Benjamí­n) para evitar fricciones. Empezaba un perí­odo de magnificencia que habí­a de lograr su mayor esplendor con los reyes David y Salomón.