Los israelitas llegaron a ser en Egipto una «raza de esclavos» quienes, obviamente, habitaban en territorio hostil y ajeno; a ello se agrega que estaban conscientes que les correspondía una región que Dios les había prometido en heredad, la cual habían abandonado 450 años antes y que obviamente ya estaba ocupada por diversos pobladores. Bajo el liderazgo de la figura monumental de Moisés se liberaron del yugo egipcio, no sin dificultades (c. año 1400 a. C.). Hubo necesidad de las 10 plagas para doblegar al Faraón y para que diera la autorización de dejarlos partir. Luego atravesaron caminando el mar Rojo, y anduvieron errantes en el Sinaí. Fue aquí donde se dieron muchos de los conocidos portentos: la roca que manaba agua al toque de la vara de Moisés, el oportuno maná que cayó del cielo al igual que las codornices, la nube que guiaba de día y alumbraba de noche. Pero destaca de estos 40 años la celebración del Pacto o Alianza con Dios, el establecimiento de normas respecto a las fiestas y al sacerdocio, y sobre todo la entrega de los 10 Mandamientos. No se ha podido establecer la razón por la cual tardaron tanto tiempo en cruzar un territorio que pudieron transitar en menos de un año. Al respecto existen muchísimas interpretaciones, desde algunas que aseguran que fue un tiempo simbólico de penitencia y de formación del espíritu israelita, otros que lo ven como una purificación del pueblo antiguo que estuvo en Egipto para empezar con gente nueva, otros que lo equiparan al tiempo de una generación, 40 años, hasta los que aseguran que simplemente se extraviaron. Sin embargo es interesante la cita: «cuando el Faraón dejó salir al pueblo israelita, Dios no los llevó por el camino que va al país de los filisteos, que era el más directo, pues pensó que los israelitas no querrían pelear cuando tuvieran que hacerlo, y que preferirían regresar a Egipto. Por eso les hizo dar un rodeo por el camino del desierto que lleva al Mar Rojo» (Ex. 13, 17). Al final de los 40 años de peregrinación Moisés divisó a través del valle del Jordán, la tierra prometida «el país que yo juré a Abraham, Isaac y Jacob que daría a sus descendientes» (Dt. 34, 4). No le fue dado entrar como castigo que el Señor le había impuesto por sus dudas. Todos estos hechos están relatados en los cinco Libros (Pentateuco): Génesis, í‰xodo, Levítico, Números y Deuteronomio, que la tradición atribuye al propio Moisés sin embargo algunos estudiosos consideran que otros autores intervinieron, posibilidad que resalta si se toma en cuenta que en los versículos finales aparece que: «Moisés, el siervo de Dios, murió en la tierra de Moab, tal como el Señor lo había dicho, y fue enterrado en un valle de la región de Moab, frente a Bet-peor, en un lugar que hasta la fecha nadie conoce. Murió a los ciento veinte años de edad, habiendo conservado hasta su muerte buena vista y buena salud.» (Dt. 34, 5). Es importante resaltar que se insiste en la herencia divina: Moisés murió en «la frontera» de la Tierra Prometida, en lo que hoy es Jordania, y se designó como nuevo dirigente a Josué, un gran soldado y estratega militar. Al incursionar en Canaan se percataron que, evidentemente, esa tierra ya estaba habitada por otros grupos, por eso no se habla tanto de asentamiento como de conquista. Y fue una conquista sangrienta que comprende muchas batallas. La toma de Jericó es uno de los puntos de inflexión y algún sentido marca el inicio de las luchas que hoy, 3,000 años después continúan en la región. Emergiendo del desierto los israelitas, un ejército de soldados nómadas que habían nacido durante el peregrinaje, estaba decidido a conquistar las tierras medias (donde está Jerusalén) y para ello el pasaje de entrada estaba resguardada por la ciudad fuertemente amurallada de Jericó, la ciudad oasis en medio del Valle del Jordán, de la que se dice que es el asentamiento humano más antiguo; ciudad que estaba habitada por cananeos.