Cualquier conflicto que por su naturaleza haya durado tanto tiempo y cobrado tantas víctimas mortales, así como heridos, pierde el sentido en un mundo globalizado, en donde las preocupaciones y energías deben ser compartidas para combatir flagelos como la corrupción, el narcotráfico, la contaminación ambiental, la hambruna, entre muchas otras.
Parece increíble que en pleno siglo XXI aún existan esas añejas rivalidades sin que exista liderazgo mundial que permita, gestione y hasta en su caso, obligue a alcanzar una paz en una parte del Medio Oriente, evitando con ello generar más odio, rencor y futuras venganzas de ambas partes. El liderazgo de sus propios pueblos es cuestionado, y por sobre todo el de una comunidad internacional encabezada por la Organización de Naciones Unidas, impotente de evitar estas guerras, a pesar de que es su mandato más importante, conjuntamente con el del respeto a los derechos humanos en todo el mundo.
No es posible concebir que existan aún rivalidades de tipo religioso, ante una tolerancia internacional de las creencias en sus propios dioses, y que por ello se alcance a permitir a grupos terroristas como Hamas a atacar y cobrar vidas de inocentes, como tampoco se puede tolerar que una ofensiva grande y potente como la israelí, utilice la legítima defensa como argumento para matar civiles, incluyendo niños, distintos a los que está combatiendo. ¿Dónde queda el principio internacional del uso racional de la fuerza? Y la comunidad internacional, tomando partido, los occidentales con Israel y el mundo árabe con Palestina. Con esa actitud, poco nos quedará para ver una guerra de tan grandes proporciones que inclusive países como Guatemala saldrán salpicados. Por ahora, y como mínimo, se debe exigir el respeto al Derecho Internacional Humanitario, estableciendo parámetros de cumplimiento y sanción, en caso de excesos que violen los derechos humanos. Para ello, y una vez ordenado un cese al fuego, los grandes liderazgos del mundo debieran promover un verdadero proceso de paz y reconciliación para esta añeja disputa, logrando aunar esfuerzos para mejorar los índices económicos mundiales y promover desarrollo en esas regiones.
Por experiencias previas, se reconoce que sentar a la mesa a ambas partes, especialmente a las recalcitrantes, no es cosa fácil. Personalidades con poder político lo han intentado, pero todos de forma aislada. Si de verdad se piensa en una paz global, como lo dicta la Carta de las Naciones Unidas, los esfuerzos de atomizar estas guerras, conflictos o batallas deben tener una alta prioridad, en lugar de escuchar comunicados de la diplomacia internacional, promoviendo un cese al fuego, sin hacer más que vestirse bien para la conferencia a la prensa.
Y si los líderes no lo hacen, quizá sea hora de que los ciudadanos de todo el mundo, a nuestro nivel y con las herramientas democráticas que tenemos a la mano, logremos hacer incidencia sobre la importancia de vivir en paz y enfocarnos en los verdaderos problemas que compartimos con el resto de naciones.