Con la certeza de que a la mayoría de mis pocos lectores les es indiferente lo que ocurre en la Conferencia de Copenhague y que están hastiados de que yo le dedique tres artículos consecutivos al problema mundial del cambio climático y sus catastróficas consecuencias para la humanidad, si no se detiene la emisión de gases contaminantes, fiel a mi conciencia y mi compromiso con la Tierra y con los descendientes de las actuales y egoístas generaciones, abordo de nuevo el tema, ahora desde otra perspectiva.
eduardo@villatoro.com
   La voz de los pequeños países insulares del océano Pacífico se escuchó sonora en la capital de Dinamarca cuando la  pequeña y desdeñada delegación de Tuvalu, una minúscula isla con apenas 11,800 habitantes, de tan solo 24 kilómetros cuadrados de extensión y afectada por el aumento del nivel de las aguas, exigió con firmeza la aprobación de un acuerdo legalmente vinculante que obligue a una reducción de las emisiones de gases invernaderos que asegure un incremento de la temperatura media del planeta en no mayor de 1.5 grados respecto de los registros previos a la era industrial.
  Esa propuesta que para las naciones industrializadas que más generan contaminación, les parecería intolerante exigencia de un insignificante país, ciertamente es un desafío a las propuestas y marcos adoptados hasta el momento por la comunidad internacional, que estableció el límite de aumento aceptable en 2 grados centígrados.
  Pese a que todos los países del mundo, en mayor o menor dimensión ya están sufriendo las consecuencias del calentamiento global y que si no se reducen las emisiones de gases tóxicos los efectos serán trágicos para millones de personas, especialmente lo grupos humanos más empobrecidos, los Estados insulares del Pacífico son sin duda los que se encuentran bajo más fuerte presión por el cambio climático.
  Datos de la ONU revelan que el recalentamiento planetario ya ha causado la desaparición de varias islas y obligará el desplazamiento de mil millones de personas durante los próximos 40 años, al extremo que, al igual que otras islas del Pacífico, Tuvalu podría esfumarse de la faz de la Tierra.
  Es un país cuya extensión territorial es similar a la del municipio de Pueblo Nuevo, en Suchitepéquez, y cuenta con igual número de habitantes de Sipacapa, departamento de San Marcos; pero que tiene el derecho a sobrevivir, y para lograrlo debe encarar el calentamiento global, siempre y cuando las potencias del mundo acepten su responsabilidad en reducir la emisión de gases contaminantes.
  (El climatólogo Romualdo Tishudo le pregunta a un habitante de Sipacapa si está enterado de los efectos del cambio climático. El lugareño replica: -Yopo nopo sepe napadapa).