«Isla Negra, escondite marinero del poeta» alocución de Carmen Matute


Grecia Aguilera

Pablo Neruda, el bardo amatorio, luchador y esencial, visionario lí­rico, nebulosa deslumbrante, el que nos transporta hacia el azul profundo de su océano idí­lico colmado de belleza y creación artí­stica, ese Neruda emotivo y nostálgico, es a quien Carmen Matute, poeta laureada, le escribe con fervor y le canta con su voluptuosa voz, en su discurso «Isla Negra, escondite marinero del poeta», que dictó en la Biblioteca Walt Whitman, el dí­a jueves dos de julio de 2009, en la Ciudad de Guatemala. Su alocución describe maravillosamente la morada y la vida í­ntima de Neruda, de modo que transcribo para ustedes algunos de los párrafos de esta plática de la poeta que hace de la palabra amor y del amor poesí­a: «En el camino que de Santiago va hacia Isla Negra, los chopos -tan amados por los poetas- forman grandes macizos de un verde intenso que el viento agita suavemente. Altos y tupidos, se aparecen aquí­ y allá, como vigilantes del camino. Cada vez que los altivos chopos emergí­an ante mi vista, un poco solemnes, tal vez un poco tristes, se acrecentaba mi emoción al pensar que pronto estarí­amos en Isla Negra y en lugar de admirar el paisaje me sumergí­a en los recuerdos de cuando apenas estaba entrando en una turbulenta adolescencia, época en la que me enamoré de Pablo Neruda locamente y para siempre; sobre todo de ese Neruda que afirma: «De todas maneras me parece que yo no nací­ para condenar, sino para amar». De ese amor, que a pesar de la lejaní­a era cercano, surgió años más tarde un poema que es en realidad un pequeño homenaje al poeta que en su discurso de aceptación del Nobel, se refirió a nuestros pueblos latinoamericanos de la siguiente manera: «Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.»» Más adelante continúa Carmen describiendo lo siguiente: «Aunque nunca llegué a conocer a Pablo Neruda personalmente, he estado en sus casas, la de Isla Negra, la Sebastiana y la Chascona. He visto -y envidiado- su habitación de Isla Negra, en la cual desde su cama que está esquinada y cubierta con una sobrecama blanca de hilo, hecha a mano, al despertarse y abrir los ojos lo primero que miraba era el mar. Ese mismo mar frí­o y manso, que le trajo la tabla que más tarde serí­a su escritorio adosado a una ventana desde la que también podí­a contemplar el mar. Esa tabla gruesa, de una madera maciza, muy sólida, fue el regalo que le hizo su amado mar un dí­a en que se encontraba con Matilde en la playa. Pacientemente Pablo esperó horas desde que divisó el pedazo de madera flotando sobre las olas. ¿De qué naufragio se habí­a salvado? ¿Por qué azares del destino llegaba precisamente allí­? A Isla Negra, donde un poeta sentado en la arena paciente esperaba después de haberle dicho a su esposa «ahí­ viene mi escritorio». Sin embargo, no es el único en su escondite marinero, pues Neruda, el coleccionista empedernido, también tení­a allí­ otro escritorio: su pupitre escolar, que logró recuperar de la misma escuelita donde aprendió las primeras letras. Corazón de poeta, un tierno corazón, sin duda, tení­a que tener este hombre para guardar en sus recuerdos tanto cariño por su pupitre infantil.» Carmen Matute continúa la descripción de la casa de Neruda de la siguiente manera: «En su refugio de Isla Negra pude ver que en su guardarropa, junto a otras prendas, aún cuelga el frac que usó para recibir el Premio Nobel. Nunca asistí­ a alguna de las fiestas, que como magní­fico anfitrión solí­a dar, pero vi las copas de cristal de un rojo profundo que multiplicaban con su reflejo de luz.» Continuará.