¿Sin posibilidades de acuerdos…?


walter-leandro-del-cid-ramirez

Dentro de los múltiples defectos que podamos tener como sociedad, quizás uno de los que más impactan para fijar rumbos a futuro y carcomen el presente, es nuestra mínima capacidad por alcanzar acuerdos. Nos apropiamos de un autoritarismo extremo y como consecuencia de ello, vamos a una mesa “de negociación”, esperando que la concertación se establezca a través de nuestro particular criterio. Si otras voces se alzan, entonces no habrá posibilidades de acuerdo alguno. ¡Qué viva la intolerancia!

Walter Guillermo del Cid Ramírez
wdelcid@yahoo.com


La raíz de tal conducta es múltiple, pero quizás uno de los aspectos que más nos condiciona en el sentido de limitar nuestra capacidad de acuerdos, es la búsqueda ansiosa (enfermiza quizás) por alcanzar resultados en el corto, cortísimo plazo. Y como le negamos también posibilidades a los procesos, el escenario está listo para que nos encasillemos en nuestros particulares puntos de vista y nos neguemos a alcanzar acuerdo alguno. Ejemplos de tales situaciones abundan. El más reciente, el más mediático, es el relativo a la denominada reforma educativa. Un poco más de un mes de “mesas de diálogo y trabajo” y el gran acuerdo alcanzado ayer, por el que se produjo el desalojo pacífico de dos edificios de los planteles normalistas, fue que el martes próximo, se iniciará un “diálogo serio”. No lo dijo únicamente algún joven inexperto lanzado al ruedo del liderazgo estudiantil improvisado. No. Lo dijo uno de los viceministros. Y entonces qué hubo en las semanas anteriores, encuentros para “babosear a los patojos”. Así no se vale.

Otro histórico ejemplo es el relativo a la Junta Mixta del Salario Mínimo. Cada año discurren largas jornadas de discusión y al final sin posibilidades de acuerdo alguno. Luego la autoridad superior del Organismo Ejecutivo, emite los montos en los que se anuncian los salarios mínimos para los dos grandes rubros, las actividades agrícolas y las no agrícolas. Después los representantes de los trabajadores aducen que el mínimo es muy poco pues no alcanza ni para la canasta básica vital y los empresarios, que es muy alto y que tales valores los llevarán a la quiebra o a la reducción de plazas. Se quedan con lo último. Para ellos, ese mínimo es el máximo que pagan. Se acentúa la explotación y de nuevo no hay posibilidades de alcanzar algún acuerdo. La intolerancia se enseñorea y a partir de tales desaciertos se habrán de producir otro tipo de injusticias, más allá de lo laboral. Pero y… ¿a quién le importa?

Y así solemos decir que estamos a favor de una campaña que tienda a reducir la impunidad, pero nos negamos a que se obstaculice nuestro ámbito de influencias: mediáticas, económicas, gremiales, de lo que sea. Mejor si no perdemos el contacto aquel que ahora es un político “exitoso”. De tal suerte que el “caldo de cultivo” para incentivar la corrupción se encuentra en toda su expansión. De nuevo la intolerancia se adueña de nuestras actitudes y si aquellos que no están dispuestos a hacer lo que decimos, entonces aquellos son los malos, nosotros los buenos. Pero el país no cambia. El país se estanca. De nuevo nos negamos a la posibilidad de alcanzar acuerdos.

En adición a ese “escenario” de incertidumbres y desasosiegos, se agrega el sentimiento de impotencia y frustración colectiva. Se ha perdido la autenticidad de los liderazgos de toda índole. En realidad lo que hoy tenemos es un agujero más grande que el del Barrio San Antonio, allá en la zona 6, en medio de nuestras conciencias. Estamos a la espera de una voz salvadora, de alguien a quien seguir, de alguien a quien creer. Estamos a la espera de que “otro” haga “algo” en “mi” particular beneficio. En este océano de individualidades, no podrá haber una ola que destruya el muro de la impunidad. Que destruya esa muralla que acuartela la corrupción campante de la que todos, unos pocos por acción y la mayoría por omisión, somos cómplices. Si el primer acuerdo que podamos establecer es que en efecto tenemos grandes dificultades para llegar a acuerdos, quizás daríamos un importante primer paso. Quizás, así y solo así se puedan emprender procesos más allá de la espera de resultados para “ayer”. Ojalá pudiéramos como sociedad construir el futuro a partir de darnos cuenta de las condiciones reales de nuestro presente. Pero como ironizó ya hace más cien años José Batres Montufar: “Guatemala es el país de los ojalateros, todo lo inalcanzable es ojalá, ojalá…”. Yo esperaría que se pudiera cambiar ese triste paradigma o sentencia que tenemos como sociedad.