Cuentan los abuelos que el diablo se queda en las cosas viejas, lo cual resulta algo irónico o tal vez es que hablan por experiencia propia. Sea cual sea la razón, por si las moscas, mejor si saca todo lo viejo que ya no usa y lo quema para este siete de diciembre.
Creyente o no creyente de esta fantasía, no le cae nada mal deshacerse de todas aquellas cosas que ya sólo causan estorbo en la casa, porque más allá de ser simplemente una leyenda fantástica o una forma de arreglar el desorden de su hogar, esta tradición viene siendo también una sana terapia para limpiar su mente y su espíritu.
Al quemar todo lo viejo que tiene y deshacerse de una vez por todas de aquellos recuerdos que no son precisamente gratos, usted tiene la oportunidad de empezar de nuevo, sin rencores, sin frustraciones, sin enojos y sin enemigos.
Al carecer de todos estos males, porque dejó que se quemaran en la hoguera de las seis de la tarde, usted podrá nuevamente poseer la paz y la armonía que los mismos recuerdos no le dejaban tener, esas memorias que quedaron atrapadas en los viejos estados de cuenta, los recibos de agua, de luz y de teléfono que atesora desde hace varios años, como que si se sintiera orgulloso del agobio que le hicieron pasar cuando se juntaron con la colegiatura de los patojos, que se arruinó la refri y que encima de todo fue el mismo mes que le robaron el radio del carro.
Puede que estos no sean precisamente los males que le agobian a usted, si no es padre de familia, pero seguro tendrá otros dependiendo de su situación, la tarjeta de la ex, sus calificaciones, que no le dejaron disfrutar las vacaciones como hubiera querido, algunos exámenes médicos, escoja usted, para algunos los males serán mayores que para otros, pero seguro que todos podemos encontrar los nuestros, y si no es así, agarre uno colectivo, este año, que fue electoral, seguro le lleno de descontentos, sino es que también de algo de basura que la millonaria e incansable campaña proselitista pudo haber ido a depositar a su casa.
En fin, el objetivo principal es deshacerse de todo lo que no le deja vivir en paz para poder estar a tono con la armonía de la época navideña, es por eso que tiene tanto sentido iniciar la temporada con este festejo, con este ritual de sanación, que podría llegar a verse como una limpia colectiva, que nos prepara para un mes de fraternidad y que nos deja el camino limpio para iniciar un nuevo año llenos de esperanza.
Sin embargo, debido a la consciencia de algunos “ambientalistas extremosâ€, como me gusta llamarles y que afortunadamente tenemos (y digo afortunadamente porque nos ayudan a mantener cierta responsabilidad en cuanto a los recursos que consumimos), me veo en la obligación de tocar el tema desde el aspecto de la responsabilidad ambiental.
Queda de más recordarles que quemar plásticos, llantas, colchones o cualquier otro tipo de producto que contenga un alto contenido de contaminantes no deben ser incluidos en la fogata, sobre todo porque probablemente los más perjudicados serán los que asistan al festejo, ya que de alguna u otra forma saldrán un poco más intoxicados de lo que llegaron.
Pero hay algunos “extremos†que consideran que aún dejando fuera los productos altamente nocivos para la salud y para el ambiente, aún no es responsable hacer las luminosas fogatas. Yo me pregunto, ¿Cuánta contaminación causa en realidad la hora que dura la hoguera comparado con la que se tiene todos los días debido al uso de automóviles? ¿No es más perjudicial la deforestación que sufre el país en el Petén? ¿Por qué aún no contamos con la infraestructura suficiente para aprovechar nuestros recursos hídricos y así poder dejar de quemar búnker?
A mi parecer, creo que existen batallas mucho más importantes por ganar y campos mucho más grandes en los cuales hacer consciencia a las personas como para tener que sacrificar una tradición centenaria que se da una vez, por una hora al año.
Cuando ya se cuenta con la tecnología para impulsar nuestros vehículos con recursos renovables, cuando la tala de árboles es indiscriminada en nuestro país, cuando no se hace nada para ampliar la producción de la energía creada por hidroeléctricas es allí donde deben aparecer los “ambientalistas extremosâ€, no en un festejo tan importante y tan terapéutico para nuestra sociedad, que poco a poco pueden llegar a matar por ideas falsas.
Investigando un poco, leí un artículo donde un ambientalista de nombre Yuri Melini decía que la cantidad toxinas liberadas al ambiente durante la Quema del Diablo era la misma que generaba todo el parque vehicular en un día, por supuesto esto ni siquiera estaba respaldado con un dato en el que demostrara la medición, por lo cual asumo que esto es un vaga adivinación y probablemente exagerada, sin embargo si esto fuera cierto es como si simplemente se le agregara un día al año.
Esto significa que al dejar de celebrar la Quema es como si en lugar de manejar mi carro para llegar a la universidad un día alguien me diera jalón, o que un día decidiera irme en bicicleta, toda su protesta se basa en una cantidad tan poco sensible y a esto aún hay que resaltarle que es una tradición que se celebra únicamente en Guatemala, y principalmente en la capital y en la Antigua. ¿En realidad están basando su batalla en algo tan ínfimo, tan pequeño?
No sería mejor convencerme de que use la bicicleta más seguido, con dos días del año en que todos los usuarios de sus vehículos propios decidan usar la bicicleta en lugar de su automóvil particular o con dos veces que consigan compartir el carro con alguien más, solo allí estarán logrando el doble de lo que hayan podido lograr con extinguir una de las pocas tradiciones que podemos decir que si es propia. Es por eso que les llamo “extremos†porque son aquellos que toman una batalla sólo por tomarla, sin analizar el resultado que conseguirán en realidad.
Pero para no convertirme en “extremo†yo también, solo que de las tradiciones culturales, quiero explicarles los resultados que se pueden obtener de la celebración, aparte del tratamiento terapéutico que expuse al principio. El sentido de identidad que tanto hemos perdido, sobre todo los capitalinos, que se hacen llamar ladinos la mayoría, como si esto fuera un término de superioridad, nos deja en un panorama muy confuso.
Cuando un grupo se empieza caracterizar por lo que no es, y no por lo que es, vale la pena preguntarse si en realidad es un grupo entonces. ¿Cómo me puedo sentir identificado con lo que no soy? Si la verdad es que no soy muchas cosas, es decir, solo porque no sea perro, no quiere decir que soy humano, podría ser mono también. Si no soy indígena, no quiere decir que por eso pertenezca a un grupo determinado.
Pero si vamos un poco atrás en la historia, vamos a encontrar características similares y tradiciones propias de los citadinos, que claro muchas ya se han ido perdiendo. Para hacer esto es propio remontarnos a la vida de barrio y hacer un repaso de cada uno, pero para no aburrirlos voy a regresar a esa tradición que se compartía por todos los barrios de la Ciudad Capital el siete de diciembre.
Esta es una tradición propia de la capital, algo con lo que si nos podemos sentir identificados, algo que nos distingue de cualquier otro no indígena de un país extranjero, es una fuerte tradición a la cual nos podemos atar para no perdernos en el mundo globalizado, donde las diferencias culturales simplemente ya no se distinguen y pierden importancia. Esa identificación con una tradición y con nuestra cultura puede ser lo que nos motive a defender lo que es nuestro y que nos ayude a trabajar juntos, y es justamente eso, la idea de “trabajar juntos†otro de los grandes beneficios que nos deja esta tradición.
Usualmente se organizaba la cuadra o el barrio entero para celebrar este festejo, algo que lograba la unidad de todos, una convivencia importante para fortalecer el tejido social que cada vez se percibe con más debilidad. Hoy tengo vecinos a los que no conozco más que de vista, simplemente porque ya no existe aquel ambiente propicio de las fiestas de barrio que ayudaban a conocer a las demás personas que habitan la misma manzana que yo.
Es por eso que creo realmente conveniente rescatar esta fiesta y salvarla del olvido guatemalteco, de esa falta de memoria que nos hace olvidarnos de toda esa basura que acumulamos y que no sacamos a quemar, luego esa misma basura se convierte en un estorbo de nuestra vida diaria y como no nos deshacemos de ella se la empezamos a tirar al vecino, porque no lo conocemos y no nos importa su bienestar. Sinceramente lo exhorto a sacar todos los males este próximo siete de diciembre y sobre todo le recomiendo fraternizarse con su vecino ¿O prefiere quedarse con el diablo dentro de su casa?