Mientras en el mundo se habla mucho de los indignados y el mismo Papa Francisco en Brasil dio aliento a quienes reclaman más honestidad en el manejo de la cosa pública, en Guatemala en vez de indignados tenemos una creciente corriente de resignados, de personas que asumimos como irreversible el deterioro que sufre el país, que nos conformamos con sobrevivir ante la criminalidad y nos agazapamos para hacernos invisibles, además de que vemos la corrupción como parte del paisaje entendiendo que es parte de la forma en que se hacen los negocios tanto en el Estado como en la misma empresa privada.
No hay peor problema para un país que tener una población resignada, que aspira a pasar el día, a evitar un mortal asalto, como el logro más importante y significativo de su vida. Porque la resignación del pueblo ante los males que le aquejan abre la puerta para que los criminales se sientan más a sus anchas, seguros de que la impunidad seguirá favoreciéndoles porque no hay ninguna presión social para forzar a las autoridades a trabajar más para dar seguridad y a ser menos corruptos para concentrar los recursos de la Nación en las cosas que necesita la gente.
Los movimientos de indignados no han cambiado al mundo, pero quiérase o no, son una piedra en el zapato de quienes gobiernan y ejerce presión para forzar a la implementación de algunos cambios. En cambio, la expresión de los resignados es la consagración de los males, porque significa que los causantes de las desgracias, los responsables del desvío de fondos que nunca llegan ni a los programas de salud, de educación o de seguridad, pueden seguir haciendo de las suyas sin que exista una reacción capaz de hacer que retomemos el rumbo como Nación.
La resignación no es cosa nueva en la cultura del guatemalteco. Aquella vieja expresión de que vivimos “bien pisados pero contentos” es el reflejo exacto de la forma en que encaramos nuestra realidad. Los problemas están presentes en la vida cotidiana, pero nos hemos acostumbrado a llevarlos no sólo con resignación, sino hasta con algún grado de satisfacción.
Acostumbrarnos a vivir con la corrupción y a convivir con la violencia confiando en la Providencia Divina para evitar el golpe fatal, ha sido como una receta de sobrevivencia que demanda no meternos a hacer olas para protestar por algo que de todos modos no va a cambiar.
Pero lo que es absolutamente cierto es que los resignados no hacemos Patria ni construimos un orden social digno de nuestros hijos y nietos. No nos resignemos a ser resignados.
Minutero:
Con cristiana resignación
vamos a la perdición;
sin aire con remolino,
el país importa un comino