No sé si a usted le pasa, pero yo cuando leo las noticias sobre las muertes que a diario se suceden en Irak siento lástima por ese país. Pienso para mí que en esa zona viven guerreros, gentes salvajes y que pasan la vida (cual modus vivendi principal) peleando entre ellos mismos. Algunos amigos generosos me han dicho que lo que se necesita en esas zonas del Medio Oriente es mano dura, gentes como Saddam Hussein que lleven la paz a punta de balas y espada. «Justo como lo hizo en su momento ese hombre fuerte», concluyen.
A menudo se experimentan esas cosas como lejanas. Le damos gracias a Dios por no vivir en un país así de cruel y terrible. Igual decimos, quizá, cuando miramos el hambre de los niños del ífrica. Sentimos como que Dios ha sido más benévolos con nosotros y, probablemente satisfechos por un buen plato de comida al día, miramos al cielo y le decimos al Creador: gracias.
Seguramente no somos conscientes que Guatemala poco a poco se ha convertido en otra ífrica u otro Irak. Porque aquí los muertos a diarios son legión también. Las noticias lo dicen. Va la gente tranquila en un bus y, aunque nadie se pone bombas para hacerse estallar, un salvaje fundamentalista que profesa el odio contra los inocentes, ametralla con armas de grueso calibre a los que se transportan al trabajo. Aquí los muertos también son de colección: mareros, narcotraficantes, niños, mujeres, estudiantes, desempleados, pilotos de bus, taxistas, curas, monjas, indígenas, ladinos, ricos, pobres? En Guatemala no se perdona a nadie.
Y si de hambre hablamos, las cosas se asemejan también al ífrica. Los niños desnutridos o barrigones por lombrices son abundantes. Bastará sólo salir un poco del casco de la ciudad, visitar los asentamientos o, peor aún, irse al campo y se verá cómo Dios es un anciano decrépito sin fuerza para ayudar a los necesitados. De modo que pensar que son unos desgraciados los habitantes de Irak o Etiopía es quizá una forma olímpica de negar la propia realidad.
La negación puede originarse por dos causas. Una es quizá que estamos viendo mucha televisión y preferimos los safaris de National Geographic o los muertos internacionales de CNN para escapar así inconscientemente de la realidad. Se trataría de una «fuga mundi» para pensar que los que están mal siempre son los otros no nosotros mismos. La otra razón puede deberse no sólo a nuestra falta de sensibilidad que no nos permite ver tanta miseria nacional, sino también a las visitas frecuentes a los centros comerciales y a los conciertos con cantantes internacionales que hacen que dudemos tanto de la pobreza como de la realidad de la violencia. Esas cosas inmunizan y, al final, nos empujan a creer que no sólo no hay tantos pobres como algunos «exageran» sino también que la violencia es una invención de los medios de comunicación.
No digo que una dosis de negación de la realidad no sea saludable a veces. Pero empeñarnos en entristecernos por los niños famélicos del ífrica o que con los ojos llenos de lágrimas recemos por la paz de Irak olvidándonos de nuestros niños y de nuestra violencia cotidiana es una chifladura. Eso es algo sólo concebible o en un oligarca nacional que vive con la mente puesta en Disney o en un monje recluido en su convento que medita con obsesión en la salvación de su alma. ¿Pero usted no es de esos, no?