Seis años después de la invasión de Irak, el ejército estadounidense vislumbra por primera vez el fin de su misión, aunque todavía no tiene la garantía de que cuando sus hombres se retiren del país las fuerzas iraquíes podrán hacerse cargo solas de la situación.
Hace un año, cuando el quinto aniversario de la operación «Libertad Iraquí», el ejército de Irak, apoyado por unidades estadounidenses, lanzó una gran ofensiva en Basora (sur) para noquear a los milicianos del líder chiíta Moqtada Sadr, feroz detractor de la presencia militar norteamericana.
En el norte del país, Mosul estaba en parte en manos de Al Qaeda y de grupos insurgentes. Y una serie de atentados en Bagdad y en la provincia de Diyala (este) dejó decenas de muertos.
Este año, la situación es diferente y el nivel de violencia menor. El primer ministro Nuri al Maliki, durante mucho tiempo en la cuerda floja, ha reforzado su autoridad y ganado legitimidad con su victoria en las elecciones provinciales de enero.
«Confiamos en nuestras fuerzas armadas y en nuestros servicios de seguridad para proteger el país y consolidar la seguridad y la estabilidad», declaró Maliki semanas atrás.
Pero sobre todo, está encauzado el proceso de retirada de los 140 mil soldados estadounidenses.
En los próximos tres meses, las unidades estadounidenses tendrán que haber abandonado las ciudades y los pueblos de Irak, como preludio a una retirada masiva en agosto de 2010 y una partida total antes del 31 de diciembre de 2011.
Al abandonar las ciudades, los estadounidenses dejarán el terreno libre a las fuerzas de seguridad iraquíes.
«El redespliegue hacia la periferia mejorará la seguridad en el exterior y en el interior de las ciudades, ahogando las cadenas de apoyo que alimentan el terrorismo», aseguró recientemente el comandante adjunto de las fuerzas estadounidenses en Bagdad, el general Frederick Rudesheim.
En 2007 más de 160 mil soldados se encontraban en misión en Irak. Ese año, 17.430 iraquíes, entre militares, policías y civiles, murieron en actos violentos, en su mayoría sectarios.
En 2008, el balance se redujo a 6.772. Y en los dos primeros meses de 2009, con 449 muertos iraquíes, el nivel de violencia vuelve al nivel de 2003, tras la caída del régimen de Saddam Hussein y el estallido violencia interconfesional.
En paralelo, los iraquíes abordan el séptimo año de presencia estadounidense con prerrogativas ampliadas, que les dan una mayor soberanía.
El 1 de enero, Estados Unidos les entregó el control de las operaciones de seguridad.
En este contexto, los 100 mil milicianos que luchan contra Al Qaeda en Irak, y que están financiados por el ejército estadounidense, pasarán bajo control de las fuerzas de seguridad iraquíes el 1 de abril.
Aunque dos atentados suicidas a comienzos de marzo, en Bagdad y Abu Ghraib, hicieron planear dudas sobre la capacidad del ejército y la policía iraquíes para hacer que los avances logrados en el último año sean duraderos.
En vísperas del nuevo aniversario, el supuesto líder de la rama iraquí de Al Qaeda, Abu Omar al Baghdadi, incitó a nuevos ataques.
«Lo que el líder de la ocupación ha anunciado no es más que un nuevo ejemplo de engaño del imperialismo (…) Espera que los «idiotas» y los «imbéciles» acepten la ocupación de nuestra tierra y la humillación durante otros tres años», dijo refiriéndose a la retirada total antes 2011, en una grabación cuya autenticidad no pudo ser verificada.
El portavoz del Pentágono Geoff Morrell evitó ayer cualquier declaración triunfalista. «Los avances son evidentes. Es innegable», afirmó Morrell, que describió la situación de «frágil».
Nuri al-Maliki
primer ministro iraquí