«Para salir adelante en la vida y triunfar “hay que ponerse vivo”»; varias personas me han repetido este mismo consejo en diferentes ocasiones y recién he reflexionado un poco sobre su significado, que entre los guatemaltecos tiene una amplia gama de connotaciones.
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Resulta muy interesante porque conversando con la gente he encontrado múltiples interpretaciones para esta misma frase, ya que para unos “ser vivo” significa permanecer en estado de alerta, para aprovechar oportunidades y evitar los problemas, pero para otros implica sacar ventaja y provecho de cualquier situación, sin importar el precio que ello conlleve o el daño que implique para otras personas.
El segundo caso es el que más preocupa y el que me parece cada vez más común al analizar el comportamiento social en Guatemala, pues esta actitud sirve para que algunos justifiquen el irrespeto de los derechos de los demás, ya sean las normas básicas de convivencia social, las leyes ordinarias o la Constitución.
Se ha llegado a creer que una persona “viva” o “despierta”, por ejemplo, es la que puede conseguir los precios más bajos de los productos de un mercado, aunque eso implique desvalorizar el esfuerzo de los productores y vendedores; en otro ámbito, la misma característica aplica para quienes evaden el pago de impuestos o consiguen jugosos negocios al margen de la ley.
Si alguien, por ejemplo, le vende productos sobrevalorados a las instituciones del Estado, ejecuta obras de mala calidad o cobra comisiones a los trabajadores para asegurarles su permanencia en el empleo, y con ello consigue beneficios personales, parece ser una persona “despierta”.
De esa forma, a quien se enriquece a través de actos ilícitos, con el amparo de la corrupción y de la impunidad, se le considera “viva” y lo que es peor, se le posiciona como un modelo a seguir, porque supuestamente es inteligente y sabe sacar ventajas de las situaciones que se le presentan.
Sobre los empresarios y funcionarios que se hacen millonarios con los contratos del Estado, he escuchado a personas que lejos de condenar las actitudes y exigir que se les procese, las envidian. “Ojalá y yo también pudiera hacer mis negocios”, dicen y a la vez, replican estas injusticias en su ámbito social, aprovechándose de los más débiles y desprotegidos de su entorno.
El problema que pasa inadvertido para la mayoría de los “vivos” y sus admiradores, es que el irrespeto al derecho de los demás, la defensa del sistema de impunidad y el uso de la corrupción como medio para alcanzar objetivos le pasa la factura a toda la sociedad.
Estos problemas sociales socavan el modelo social y crean fuertes desequilibrios en la comunidad, que en el largo plazo pueden afectarnos a todos. Un día, el descontento social por el agotamiento de este sistema injusto y corrupto puede convertirse en un estallido social, y seguro que habrá muchas personas arrepentidas por intentar pasarse de “listas”.
Al final de cuantas, “vivas” son las personas justas y responsables, porque entienden que el bienestar colectivo es más importante que el individual, y que los problemas sociales son potenciales amenazas para todos.
Sin importar cuál sea nuestro rol en la sociedad, los ingresos que percibimos o el grupo al que pertenecemos, solo podemos demostrar ser “vivos” con solidaridad y respeto al orden social.