¿Qué hacer en Guatemala?


Edgar-Balsells

Sea cual sea nuestra Fe, siempre es importante oír la voz de las iglesias, sobre todo en estos tiempos en que la gente de todas las condiciones sociales se arremolina domingos, días festivos e incluso días hábiles en los templos, con el objetivo de buscar el resguardo debido, ante un mundo intempestivo e inhumano.

Edgar Balsells


Es así como, acudiendo a Lucas 3,10, bajo el título ¿Entonces, qué debemos hacer?, la Conferencia Episcopal de Guatemala, emite un oportuno comunicado, ante la situación actual, dirigido, entre otros, a “los Guatemaltecos de buena voluntad”.

El mensaje de la Conferencia está clarísimo, pues al preguntarse ¿Qué hacer?, se acude a una inquietud de la gente, efectuada a Juan el Bautista, quien responde: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”. Además, Juan responde a unos soldados que vienen a él: “no hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario”. Oportunas respuestas para el momento actual que vivimos, ¿no lo cree usted?
Al igual que como sucedió en 1976 con el fenómeno telúrico de dicha época, y al igual que como ha sucedido desde hace mucho tiempo en la sociedad guatemalteca, la preocupación por el sufrimiento de las grandes mayorías, por la pobreza y por la falta de oportunidades, es algo que no puede verse con indiferencia, para todo aquel que se preocupe por una sociedad y un mundo más justo y humano.
La Conferencia Episcopal, constata en el comunicado los temores profundos en que vive “prácticamente la totalidad de la población”. Y los mismos se vinculan en buena medida al clima de violencia generalizada e inseguridad ciudadana; pero también a la inseguridad económica, que dicho sea de paso, prevalece en toda América Latina: el temor a no tener empleo, a no encontrar espacios de sobrevivencia laboral, a padecer necesidades extremas, a la enfermedad, sin tener lo mínimo indispensable para atenderla.
El tema de la conflictividad se aborda con lupa, y se asocia con la injusticia agraria, con la falta de tierra y las imposibilidades de horizonte que sufre la población rural. Los obispos abordan expresamente el tema de la desigualdad de la propiedad y del ingreso.
Y como era de esperarse en un comunicado que aborde las gravedades de lo terrenal, y no espere tan sólo las bondades de la otra vida; se hace ver la incapacidad de las políticas públicas de orientar la inversión privada al bien común, pues “en el proceso de privatización de las empresas estatales ha prevalecido el propósito de favorecer al sector privado”. Además, se asevera claramente que la predominancia es a elaborar leyes económicas a favor de la empresa y no del bien común. Se critica tácitamente el tema del desarrollo energético y educativo, y el despilfarro de las políticas clientelares.
El comunicado es amplio, y se acude incluso a la herencia populista y asistencialista, principalmente encumbrada por el gobierno pasado, y se critica su oportunismo, y además su falta de visión con respecto al futuro, en virtud de que tales comportamientos simplemente esconden los necesarios cambios estructurales.
Y como si ello fuera poco, se dan propuestas de solución, que bien valen otro artículo, pues no se trata de una propuesta que provenga del capricho de algunos sino de toda una institución histórica.