¿Por qué la mató?


javier-estrada

A la novela “Crimen y Castigo”, de Fiódor Dostoievski, se le considera junto a “Guerra y Paz”, de León Tolstoi, uno de los principales aportes rusos a la Literatura Universal; esta historia, por demás apasionante e interesante, narra el asesinato de Alyona Ivanovna a manos del joven Rodion Romanovich Raskolnikov, también conocido como Rodya.

Javier Estrada Tobar
jestrada@lahora.com.gt


Al inicio se piensa que el robo de dinero habría motivado el asesinato, pero realmente existe otro estímulo –nada superficial y muy alejado del interés por lo material– en la mente del victimario, en el momento en que sujeta el hacha, la eleva sobre la víctima y con el lado reverso la impacta contra el cráneo de la mujer.

Entender por qué Rodya mató a Alyona Ivanovna implica una importante inversión de tiempo de reflexión. Él planificó cuidadosamente el crimen para robar las pertenencias más valiosas de la víctima, pero nunca sacó provecho de su crimen.  Al final, pareciera que esa había sido solo una justificación para ensangrentarse las manos.

Algunos análisis de la obra señalan que el joven se  pensaba una especie de ser superior, con la capacidad de acusar, juzgar, condenar y ejecutar a su víctima –quien lo sometía con préstamos y deudas–; también se piensa que el asesinato fue un reencuentro del victimario consigo mismo, porque necesitaba demostrarse quien realmente era en medio de una situación extrema o que el crimen fue inducido por un tormento emocional del joven.

 El “crimen” es el suceso principal en torno al que gira la historia, pero lo que realmente apasiona y lo que ocupa la mayor parte de las páginas del libro es el entendimiento del “castigo”, que se refiere no solo a la condena de un tribunal por el asesinato, sino a la punición autoimpuesta por el victimario, quien se ve agobiado por el sentimiento de culpa y envuelto en un debate moral hasta que consigue desahogarse.

Así como la historia de Dostoievski induce al lector para que reflexione sobre las causas de un asesinato, en nuestra sociedad también deberíamos detenernos a pensar más acerca del origen de las expresiones y manifestaciones de violencia; en cada crimen debería realizarse una investigación exhaustiva y un proceso penal que garantice la justicia para las víctimas, pero también un análisis social sobre las causas que motivaron los hechos, para entenderlas y evitarlas en nuevos casos.

Son tan cotidianos los insultos y las peleas callejeras como las agresiones físicas, asesinatos y extorsiones, que a  muchas personas ya les parecen “normales” y en repetidas ocasiones se les simplifica con  explicaciones de pugnas por dinero, drogas o similares. “En algo andaba metida” o  “andaba en malos pasos”, son frases comunes en las conversaciones que giran en torno a las víctimas de la inseguridad, pero pocas veces se discute sobre las causas subyacentes de la violencia.

Vale la pena dejar de simplificar los sucesos y pensar en el origen de nuestros problemas de conducta social,  ¿Por qué somos violentos los guatemaltecos? Hay muchas causas y factores que pocas veces se toman en cuenta, como la discriminación y el racismo, el pasado de un conflicto armado interno cuyas heridas aún no cicatrizan, la desigualdad en extremos, el machismo y el patriarcalismo o la falta de tratamientos de salud mental para quienes están sobreexpuestos a la violencia, entre muchos otros.

Simplificar el problema de la violencia es lo más fácil y cómodo, pero de ninguna forma puede ser la vía para la búsqueda de soluciones eficaces y transformaciones sociales. Propongo que socialmente nos “castiguemos” como lo hizo Raskólnikov con su crimen. Preguntémonos por qué agredimos a los demás e intentemos entender el origen de nuestras propias expresiones violentas. Ese es el primer paso hacia una sociedad de paz.