A mí no me contaron la Revolución de Octubre de 1944, sino que la viví de cerca, más aún por razones familiares. Aunque estaba patojo, ello no fue obstáculo para darme plena cuenta que írbenz y sus colaboradores sesgaron un proceso ejemplar por su civismo y realizaciones hacia un extremismo ideológico que a la postre no solo fracasó sonoramente en nuestro país sino en el mundo entero.
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Por ello, desde mi punto de vista, aseguro que írbenz provocó su caída. Sus desacertadas políticas motivaron sinnúmero de acciones en su contra, hasta llegar al movimiento armado que lo derrocó. Todo ello está ampliamente documentado en los medios de comunicación de la época, como también se ha escrito mucho sobre la materia, incluso por la misma gente que estuvo junto a él. Ahora bien, como todo en la vida, siempre hay dos partes, por lo que una de ellas podrá no estar de acuerdo, pero no por ello significa que sean dueños de la verdad.
Entrando en materia del perdón y el resarcimiento que el actual gobierno preparó este año para satisfacer su ego, me parece a todas luces un abuso de autoridad, pues si don ílvaro Colom no comparte el criterio de su señor padre, don Antonio Colom Argueta, quien apoyó el derrocamiento de írbenz, lo que se demuestra al haber formado parte del gobierno del coronel Carlos Castillo Armas, desempeñando el cargo de Subsecretario de Estado (ahora llamado Viceministro) en compañía del titular del despacho de Agricultura, Coronel Ariel Rivera, ¿a qué viene utilizar su posición, como el nombre y los fondos del Estado guatemalteco para compensar una culpa meramente personal?
Ante el sonoro fracaso del actual gobierno, hasta cierto punto es comprensible que tanto el Presidente y el Vicepresidente se mantengan del tingo al tango queriendo demostrar que tuvieron las mejores intenciones, repitiendo la cantaleta que “la falta de fondos suficientes†se los impidió. Pero abusar de su posición, utilizando recursos del Estado, por ende del pueblo, en asuntos puramente personales no sólo sobrepasan extremadamente los límites de la ética y la honorabilidad sino es seguir con la mala costumbre de pretender darle atol con un dedo a nuestra gente y con el otro, tapar el sol abusando de su ignorancia, equivocación o intereses creados.
A mí me consta, no me lo contaron, que innumerable cantidad de simpatizantes del movimiento revolucionario del 44 no sólo terminaron desencantados desde aquel aciago 18 de julio de 1949, cuando el entonces Ministro de la Defensa, coronel írbenz presenció desde lejos con anteojos de larga vista el asesinato del también coronel Francisco Javier Arana, Jefe de las Fuerzas Armadas de la época, hasta llegaron a derramar lágrimas porque el fanatismo extremo haya provocado la pérdida de tantas bellas aspiraciones todavía hoy vigentes. Una prueba más, que los intereses personales logran hacer añicos los ideales del pueblo.