Inversionistas damnificados e indefensos


A José Domingo Rizzo Leal lo conocí­ a finales de la década de los años ’70, cuando se desempeñaba como funcionario del Banco de Guatemala, y a pesar de que la distancia y el tiempo nos separaron por diferentes causas, con el surgimiento del correo electrónico y mi participación en La Hora pudimos reencontrarnos, aunque ahora por la ví­a cibernética y telefónica.

Eduardo Villatoro

Actualmente Rizzo Leal ejerce importantes labores ejecutivas en una empresa radicada en una ciudad norteamericana de California y eventualmente viene a Guatemala, pero no se detiene en la ciudad capital más de lo imprescindible porque su constante anhelo es permanecer unos dí­as en su querida Salamá, Baja Verapaz, de donde es oriundo, para convivir temporalmente con sus familiares.

Estas generalidades las utilizo a manera de introducción, porque el lunes anterior José Domingo me escribió con carácter urgente, después de haber leí­do en el sitio Web de La Hora mi artí­culo de ese dí­a acerca de los efectos que ha provocado la quiebra del Banco de Comercio y las secuelas de la intervención del Bancafé.

Mi amigo deseaba que le informara detalladamente sobre las acciones que estarí­an realizando los héroes de la Superintendencia de Bancos y de la Junta Monetaria, en un ignorado intento de rescatar el dinero de miles de guatemaltecos que invirtieron en el Banco de Comercio por medio de los llamados «certificados de custodia».

Es que una hermana suya, la señora Marí­a Encarnación Rizzo viuda de Guiarte, respetable anciana de 86 años de edad que reside en Salamá, es una de las ví­ctimas del fraude millonario y colectivo, porque invirtió Q500 mil en el BC, según se lo indicaron, aunque, en realidad, el dinero fue captado por la Organizadora de Comercio, S. A., offshore del citado banco, cuyos accionistas mayoritarios se encuentran prófugos, aunque no faltan neoliberales que duden de la criminalidad de esos banqueros.

Me preguntaba José Domingo si para trasladar dólares de Guatemala hacia otro paí­s ya no existen controles, como cuando en su tiempo de funcionario de la banca central se tení­a que completar el formulario conocido con las siglas CTR, porque le intriga que las heroicas autoridades financieras no hayan detectado la fuga de capitales.

Según me informó un lector, los bancos tienen la obligación de contar con registros diarios de las transacciones que superen los US $10 mil, en formularios diseñados por la SP, mientras que en los aeropuertos internacionales y puntos fronterizos es necesario declarar si se lleva consigo esa misma cantidad, para anotarlos en los registros que tienen a su cargo.

Al final de cada mes, de acuerdo con esta versión, los bancos deben reportar a la Superintendencia de Bancos todas las transacciones que superen los diez mil dólares. La declaración de la cantidad egresada o ingresada al territorio aduanero nacional debe ser exacta, puesto que, de lo contrario, se incurre en el delito de defraudación aduanera, conforme el decreto 58-90 del Congreso de la República que contiene la ley respectiva.

He anotado el caso de la señora Rizzo viuda de Leal como paradigmático, toda vez que ejemplos similares abundan, incluyendo los asuntos de otros lectores de esta columna que se han quedado con los brazos cruzados, como se dice popularmente, en vista de que perdieron los ahorros que a base de esfuerzos y sacrificios lograron acumular, y que fueron engañados y defraudados por delincuentes de cuello blanco.

Muchas de las ví­ctimas son ancianos, como el caso de doña Marí­a Encarnación, que ya no tienen opción de iniciar de nuevo un proyecto laboral o empresarial que les permita ahorrar el dinero que invirtieron, y los demás son hombres y mujeres de mediana edad que se les hace cuesta arriba comenzar de nuevo a economizar en sus gastos, para formar otro capital similar al que le birlaron impunemente.

Y a propósito de recuperación, cómo quieren que se recobre la confianza en el sistema bancario, cuando los usuarios se enteran de lo ocurrido al periodista Rolando Santis, quien juntamente con su esposa e hijos fue atracado, golpeado y despojado de Q14 mil que minutos antes habí­a retirado de su cuenta personal en una agencia del Banco Industrial. La pregunta es ¿Quién tení­a conocimiento que el ágil reportero de Noti Siete habí­a cambiado un cheque por la suma exacta, como lo precisó uno de los asaltantes?

Desgraciadamente no es un hecho aislado, por lo que la sombra de la duda se posa sobre empleados bancarios que actuarí­an en connivencia con delincuentes que esperan a sus ví­ctimas en la calle.

(Al detective bancario Renhe Romualdo Leyva le confiaron que, emulando a Superman y a Batman, héroes de la justicia ficticia, el Superintendente de Bancos y otros miembros de la Junta Monetaria estarí­an conviniendo en llegar a sesionar vestidos con los calzoncillos sobre los pantalones, para hacer honor al calificativo que les endosó el presidente Berger).