Intolerancia y censura


Eduardo_Villatoro

Comienzo con advertir que no voy a referirme a la polémica desatada por la aguda, irreverente y joven columnista Marcela Gereda en torno al cantautor Ricardo Arjona, en lo que atañe a su calidad artística musical o poética, sino a la intolerancia de muchos de sus fans, pero especialmente la censura que se le impuso al Grupo Intergeneracional de Guatemala, al suspender el programa que difundía semanalmente en Radio Nuevo Mundo, presuntamente por presiones de la agencia de publicidad que patrocina la bebida gaseosa promocionada por este personaje guatemalteco que ha triunfado internacionalmente.

Eduardo Villatoro


Generalmente, los periodistas solemos acusar a los políticos devenidos en funcionarios de indistintos gobiernos y a autoridades municipales por intentar violar el derecho constitucional de la libertad de expresión del pensamiento; pero a menudo nos quedamos tranquilos o asumimos una fría e insensible indiferencia cuando el atropello proviene de empresas privadas, sobre todo cuando el abuso es cometido por los mismos medios de comunicación pública; como ocurre con la inveterada corrupción, porque se critica a los corruptos, pero se pasa por alto a los corruptores, es decir, empresarios inmorales.
Según los argumentos esgrimidos por el grupo censurado, su programa pretendía reflexionar críticamente sobre los operativos publicitarios que “haciéndose pasar por campañas de promoción de bienes públicos, trasladan al individuo común y corriente la responsabilidad de los problemas sociales causados por una economía improductiva, una elite empresarial mercantilista y un Estado inepto y corrupto”, de suerte que ni la bebida gaseosa, ni el cantautor ni la emisora eran el tema central de las críticas, sino que la psicosis a la que se aludía se relacionaba con el “mecanismo esquizoide” de endilgar al grueso de la sociedad, mediante eslóganes manipuladores y falsos como  “El cambio sólo empieza si vos cambiás”, una responsabilidad que en todo caso corresponde a ciertos grupos y actores específicos.
Cualquier guatemalteco medianamente sensato, incluso empresarios radiales y de la publicidad, no deberían sentirse ofendidos por el razonamiento del Grupo Intergeneracional de Guatemala en su censurada franja “¿Guatemorfosis o guatepsicosis?”, al aseverar que ni la desnutrición infantil se combate repartiendo sonrisas, ni la violencia intrafamiliar se resuelve subiendo volcanes, menos la emigración de guatemaltecos que buscan el sueño americano se reduce cediendo la vía o acudiendo puntual a las citas, como tampoco “la obscena brecha entre opulencia y miseria se remonta cambiando de lente para encarar las misma realidad con mirada optimista y actitud positiva”.
Como muchos otros compatriotas, incluyendo a contados colegas columnistas, a los que nos preocupa el grado de pobreza, carencia de vivienda, desempleo, miserables salarios y otros factores de la inequidad social y económica prevaleciente en Guatemala, coincido con el citado grupo en lo que concierne a que hace falta visión estratégica de Estado, políticas públicas que fomenten el desarrollo de toda la población del país, fundamentalmente de los menos afortunados, mayor participación de los guatemaltecos en general, mejor organización de la sociedad y “compromisos, tanto individuales como sectoriales, que vayan más allá de la adscripción a modas y el consumo de marcas”.
 ¿Alguien se siente ofendido por leer o escuchar esos criterios propios de quienes se identifican con las necesidades de la mayor parte de la sociedad guatemalteca discriminada? Si así fuese, lo más sencillo y civilizado es rebatir esos argumentos y debatir tales conceptos; pero no acudir al execrable expediente de la censura, como ha ocurrido en este caso, y de ahí mi modesta, pero rotunda solidaridad con el Grupo Intergeneracional de Guatemala.
(El hijo del publicista Romualdo Tishudo, cansado y aburrido de estar atendiendo el timbre de su casa, colocó este letrero: –Aquí no ce bende yelo friyo ni haguas gaceosas).