Intercediendo por dos intelectuales


Oscar-Clemente-Marroquin

Hay oficios y profesiones en las que no se puede ganar lo suficiente como para disponer de una decorosa aunque modesta pensión para cuando se llega a la llamada tercera o cuarta edad y sin duda que en este mundo matraca, como empieza un recordado versito, los intelectuales generalmente están condenados a trabajar hasta el último de sus dí­as para subsistir. Y en ese gremio hay una especie de relación directa entre la verticalidad mostrada en el transcurso de la vida y la carencia de ahorros suficientes para subsistir en la vejez. El caso de Poncho Bauer Paiz fue uno de los ejemplos más claros y su muerte en un hospital del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social evidencia el destino de mucha gente que, desprendida a lo largo de su vida por andar pensando en sus semejantes, se las ve a palitos en el ocaso de la existencia.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

 


Esta mañana me enviaron copia de una carta que varios profesionales universitarios, entre ellos algunos que son amigos muy destacados y apreciados por mí­, dirigiera al Rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala para interceder por dos grandes intelectuales guatemaltecos que, según se les ha dicho, quedarán cesados a partir de enero próximo porque los contratos de trabajo que tienen actualmente con la Universidad no serán renovados. Se trata del maestro Jorge ílvaro Sarmientos y el académico, abogado Roberto Dí­az Castillo, verdaderos pesos pesados en sus respectivos campos y quienes dependen, para subsistir, de su trabajo en la Usac.

Sarmientos es un músico reconocido mundialmente, pero lamentablemente nuestro paí­s no se distingue precisamente por ser terreno fértil para artistas de su talla. Nuestra pobre sinfónica se mantiene a tres menos cuartillo y lo mismo pasa con todos sus integrantes, quienes tienen que ganarse la vida con otros oficios para dedicar tiempo al arte que les apasiona. Jorge ha sido aplaudido como Director de muchas de las orquestas más reconocidas del mundo, pero ello no permite mantener una cuenta de banco con fondos suficientes como para pensar en una vejez tranquila y tiene que seguir escopeteando los frijoles dí­a a dí­a.

Lo mismo pasa con un intelectual como Dí­az Castillo, profundo estudioso de la realidad nacional que además de ser intelectual tiene otro defecto, el de pensar libremente y sin amoldarse a las lí­neas convencionales, lo que lo convierte en una especie de ave rara en un paí­s donde no estar en sintoní­a con ciertos poderes condena al ostracismo. Las obras de Dí­az Castillo son respetadas por su rigor intelectual, pero no pueden considerarse como un éxito de librerí­a puesto que no fueron escritas con tal finalidad, sino como un aporte a la interpretación de nuestra realidad, esa misma que muchos quieren mantener bajo la alfombra para que no se vea la parte que distorsiona esa visión tipo Guateímala.

Tiene que ser realmente duro llegar a los 80 años de edad con la preocupación cotidiana de buscar el sustento. En otros paí­ses del mundo los sistemas de previsión social garantizan mí­nimas pensiones a todos los adultos mayores, para no decir a los viejos mis compañeros, pero en nuestro medio no existe esa visión basada en un respeto intrí­nseco a los mayores. Hay casos incontables y rápidamente me vienen a la mente los de Poncho Bauer, Tonito Obando y Julio Fausto Aguilera, para no citar sino a tres personas que dedicaron su vida a su paí­s, a amar a la patria y a preocuparse por sus semejantes para terminar la vida dándose cuenta que de ellos, nadie o casi nadie se preocupa porque así­ es la vida. Ojalá Estuardo Gálvez ponga atención a la carta que hoy le enví­an y permita a estos dos destacados valores del paí­s, continuar aportando desde la Usac.