Insolente intolerancia en acotaciones a un artí­culo


 La mujer que me trajo al mundo era maestra rural y madre soltera. Con ella conviví­ amorosamente los primeros 10 años de mi vida en el área agrí­cola de Malacatán, y luego me envió a estudiar la secundaria a la ciudad de San Marcos; pero las vacaciones y asuetos corrí­a a su lado. Pasado el tiempo, después de acontecimientos triviales para otras personas, tales como que mi mamá instaló una tienda y comedor para mejorar sus magros ingresos, tuve la bendición de que los últimos años de su vida permaneciera a mi lado en compañí­a de mis seis hijos y de mi mujer, en cuyos brazos expiró.

Eduardo Villatoro

  Mi madre me enseñó fundamentales principios que perduran en mí­ y fue ejemplo en la aplicación de valores supremos, habiéndome inculcado que siempre deberí­a apoyar al débil, al niño, a la naturaleza, al pobre, a la mujer, a los ancianos y en general a todos aquellos que estuvieran en desventaja en la sociedad de consumo que vivimos, además de sembrar en mi pensamiento el respeto al derecho a disentir.

 Cuando opté por dedicarme al periodismo, Mamá Limpa, sin tener conocimientos de las ciencias sociales y de la comunicación de masas, insistí­a en decirme que los espacios que abriera deberí­an ser útiles para servir a las causas que yo considerara justas y legí­timas, aunque con el paso del tiempo esa forma de pensar y actuar me valió amenazas, persecución y exilio.

 También advertí­a que yo no era depositario de la verdad absoluta y me recomendaba que cuando alguien tendiera la mano en búsqueda de ayuda, aunque yo no estuviese de acuerdo con sus creencias polí­ticas, religiosas o de cualquier í­ndole, deberí­a recordar las veces en que otras personas me abrieron sus brazos y me cobijaron con su afecto sin que compartieran mis ideas y conductas.

Los años siguieron transcurriendo y me convertí­ en periodista de opinión, con mis particulares convicciones, pero siempre dispuesto a ceder parte de mi espacio mediático a quien buscara abrigo en mi columna. Así­ es como han encontrado alero en mis artí­culos, aquí­ en las generosas páginas de La Hora, modestos burócratas, obreros y campesinos que no hallan eco a sus reclamos, amas de casa castigadas por aumentos de precios del gas propano, padres de familia explotados por codiciosos dueños de colegios donde estudian sus hijos, pobladores de comunidades apartadas y abandonadas, aspirantes a magistrados, pretendientes a fiscales, candidatos a cargos académicos, y otros más, sin que necesariamente mi opinión avale el criterio de quienes piden cobertura a sus demandas.

 Respeto y aprecio a mis contados lectores porque son los que le dan vida a esta columna, pero eso no significa que deba escribir lo que a algunos de ellos se les antoje o que asuma posiciones afines a meros caprichos. Hago hincapié en ello porque me causó congoja enterarme una vez más de la subcultura de intolerancia que nos empecinamos en cimentar los guatemaltecos, al leer acotaciones ofensivas, insolentes y absurdas que varias personas enviaron al portal de La Hora respecto a mi artí­culo del lunes anterior, cuando publiqué argumentos de abogados del comité polí­tico Victoria; hasta el grado de que unos lectores demostraron su ignorancia al presuponer que lo expuesto por esos asesores era mi particular punto de vista. ¡Qué falta de entendedoras y abuso de intransigencia! Pero todos tienen derecho a sumergirse en su estulticia.

  (Mi asiduo lector Romualdo Tishudo cita esta frase del escritor satí­rico francés Nicolás Boileau: -Antes que a escribir, aprended a pensar).