Imparto clases de computación e inglés los fines de semana a inmigrantes latinos. En el año 2006 tenía un grupo de 4 alumnos en una de mis clases de computación. Una alumna comprendía perfectamente mis explicaciones de cómo Word estructura los párrafos, de que tenemos que seleccionar el texto antes de poder cambiarle tipo de font, o color o tamaño. Retenía el nombre y figura de los iconos que usábamos. Incluso contestaba preguntas que sus compañeros no recordaban. Parte de la práctica es escribir oraciones para que el alumno entienda cómo funciona Word y comprendan cómo el procesador de palabras se comunica con nosotros. En este punto, siempre mi alumna estrella, escribía pero siempre empezaban las excusas «ya no quiero escribir más, me aburre». Como al quinto o sexto domingo, viendo fijamente al monitor me confesó: Nunca fui a la escuela. No sé leer ni escribir (corrijo, no sabía).
Sin embargo ese pequeño detalle no detuvo a Mélida en su deseo de aprendizaje. Ella es una persona que no conoce obstáculos en su vida. Lo poco que esta chica escribía lo había aprendido por sí misma de revistas de donde sacaba las muestras para sus planas. Terminaron las 15 semanas del curso, no volví a ver a Mélida. Un año más tarde, para mi sorpresa Mélida decidió tomar nuevamente el curso de computación. En esta ocasión marcando una gran diferencia: un año de inglés en una de las escuelas de Arlington. Ella lee y escribe el inglés. Hoy Mélida sigue trabajando en un restaurante, pero no como mesera, es la cajera. También aprendió a lidiar con la matemática.
El caso de Mélida es único, al grado que aún no salgo de mi asombro. He tenido un buen número de casos similares, de personas que han trabajado muy duro en el aprendizaje del inglés y la computación para mejorar en las oportunidades que los Estados Unidos les ofrece.
Muchos aprenden el idioma para estar en grado de comunicarse con sus empleadores o clientes del negocio donde trabajan, aunque muchos lo hacen porque son empresarios de la construcción. Algunos tienen empresas de pintura, otros trabajos de remodelación menor, corte y mantenimiento de árboles, otros estudian para poder sacar las licencias del estado que les permitirá convertirse en constructores de viviendas.
Lo más curioso es que la motivación a estudiar se origina en el éxito en sus trabajos y esa ambición de crecimiento y expansión. Ellos compran sus computadoras para usarlas en sus negocios: cotizaciones, planillas. La Internet los atrae muchísimo, pues han escuchado que el americano la usa mucho para conseguir trabajo y comunicarse. Ellos quieren estar en la Internet.
Usando el Messenger es donde realmente me doy cuenta del esfuerzo que estas personas hacen al alejarse de sus familiares para darles algo mejor. A una madre, comunicándose con sus hijas, le tomó cinco minutos escribir una oración que a mí me hubiese tomado 30 segundos. Ella escribiendo pensaba en voz alta «voy a comprar una casa en San Miguel para que mis hijas vayan a la Universidad».
Casos como estos hay millones. ¿Será que nuestros políticos entienden la moraleja de ellas?