Inmaduros


Madurez, eso es lo que pide todo mundo. Los periódicos piden «madurez polí­tica»; los padres, «madurez y buen juicio»; los profesores, «madurez y equilibrio. Sensatez». Es curioso, muchos exigen «madurez» a los otros con una solvencia tal que pareciera que ellos encarnaran «la madurez» ideal, la meta hacia la que debiéramos todos aspirar.

Eduardo Blandón

Los medios piden «madurez», pero ellos mismos están en pañales. Primero porque de manera oculta, «dizque» sutil, se ponen de lado de alguna empresa polí­tica, sin manifestar con «madurez» su propia posición. Si fueran «maduros» confesaran con serenidad sus simpatí­as y dejarí­an, como dicen los ticos, de «jugar de vivos». Aquí­ el discurso de la imparcialidad no se lo cree ni un niño de pecho. Y en segundo lugar, no se puede hablar de madurez cuando hay tantas contradicciones internas. Se predica la justicia, la libre emisión del pensamiento y la solidaridad, pero ya se sabe que en la práctica la realidad es otra.

Los padres de familia demandan madurez, pero ellos mismos no son ejemplo de lo que piden. Hablan de «madurez», pero llevan doble vida: fuman a escondidas, beben (también a escondidas) y tienen historias sentimentales ocultas. ¿Esa es madurez? Hablan del sentimiento de responsabilidad, honestidad, cumplimiento del deber y muchas pajas más, pero ellos en su vida cotidiana son un desastre. Cuántas veces no se les oye predicar de la limpieza y el orden y ellos cuando pueden no se bañan, se lavan los dientes y menos aún las manos. Eso sí­, son duros a la hora de exigir virtudes.

También los profesores exigen «madurez» a los estudiantes, pero ellos mismos no son un modelo a imitar. Hablan del cumplimiento de las tareas asignadas, del mucho estudio a realizar, del amor al sacrificio, pero cuando a ellos les toca son sí­mbolos de la haraganerí­a. Hay que verlos cuando están en la universidad cómo evitan hablar de exámenes, incumplir los deberes y pedir tolerancia y comprensión. Doble discurso. Eso sí­, a los jóvenes hay que sancionarlos por «huevones», hay que ser intransigentes con ellos, deben «madurar».

No es que no debamos anhelar madurez en el prójimo ni exigirlo en quienes están en proceso de formación, se trata más bien de ser duros también con nosotros mismos. Antes de pedir «sensatez» y «madurez polí­tica» a los otros, debemos revisar cómo estamos nosotros al respecto. De repente nos enteramos del desastre propio y somos más cautos al juzgar a los demás. Es muy seguro que entre más crí­ticos somos del prójimo, más jodidos estamos a nivel personal.

No hay que tirar la piedra, entonces, y esconder la mano. Hay que recordarse que ni los hijos son tan tontos, ni los estudiantes, ingenuos, ni los lectores, idiotas. No hay que subestimar al otro. En general, la mayor parte estamos enterados del doble discurso que acompaña a los predicadores de la bondad, la justicia y la «madurez». Por tanto (y es aquí­ a donde querí­a llegar), no nos quieran tomar el pelo con esas sus encuestas imparciales, honestas y «maduras». Por favor?