El presidente ílvaro Colom y su secretario privado Gustavo Alejos deben dejar sus cargos mientras se lleva a cabo la investigación de la CICIG.
Después de haber visto y oído a un Presidente de la República titubeante con la actitud poco digna propia de un colegial agarrado en falta sin respeto a la dignidad presidencial durante la entrevista sostenida con la periodista Patricia Janiot, de CNN, no me cabe ninguna duda que detrás del asesinato del Lic. Rodrigo Rosenberg Marzano se sienten pasos de animal grande y la credibilidad de ílvaro Colom está por los suelos; es sorprendente su carencia de inteligencia y señorío al calificar de falsa la grabación del vídeo del licenciado Rodrigo Rosenberg, un patriota que no dudó en inmolarse para servir a su país.
Todo parece indicar que Colom no es ajeno a los asesinatos del empresario Khalil Musa y su hija y más tarde el del abogado Rodrigo Rosenberg, ello no quiere decir que nuestro titubeante Presidente haya sido quien oprimió el gatillo pero sí que permitió que otros lo hicieran. El caso de Gustavo Alejos está mucho más señalado de culpabilidad dentro de la secuencia de hechos, un personaje que despierta tantas o más suspicacias que las de su jefe inmediato el Presidente de la República.
En medio de la indignación y la tristeza en que estamos sumidos, se enciende una luz que nos hace pensar que Guatemala puede levantarse y salir adelante, la ola de indignación despertada y con ella la presencia activa de jóvenes, líderes en potencia, indignados por el hecho. Este pudiera ser el momento del surgimiento de nuevos líderes en la palestra política que vengan a refrescar el ambiente y que tanto necesita Guatemala para terminar con la podredumbre de los hampones y mediocres que se han apoderado de nuestras instituciones.
Considero que el presidente Colom cosecharía una pizca de credibilidad si se aleja temporalmente del cargo para garantizar que cesen las presiones y golpes bajos que ya están a la vista tratando de descalificar el crimen y las protestas surgidas.
Dentro de esa luz que surge en el túnel, es importante la presencia del doctor Carlos Castresana, quien vino a ser para Guatemala como un ángel justiciero, un rayo de esperanza en medio de la oscuridad. Llegue para él mi reconocimiento como guatemalteco y mi admiración, al haber demostrado y como lo sigue demostrando, una inteligencia lúcida y serena y un valor a toda prueba.
Ayer recibí de mi hijo mayor, Mario Francisco, un profesional que sirve a Guatemala todos los días desde sus responsabilidades de trabajo en la FAO fuera del país, también inmerso en la tristeza que a todos nos pesa, un trozo del poemario de Manuel José Arce el cual hizo llegar a sus hermanos y amigos cercanos y el que por su contenido oportuno transcribo:
«Yo no quisiera ser de aquí»
Manuel José Arce (1935-1985)
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Yo no quisiera ser de aquí.
Amo, con todo lo que soy, este suelo y su gente.
Por eso mismo, sufro de manera atroz.
Por eso mismo, me duele hasta el aire que pasa.
Por eso mismo, no quisiera estar aquí.
No quisiera ser de aquí.
No quisiera amar tanto a este país, a esta gente.
El amor se me transforma en dolor. Y eso no es justo.
El amor ha sido siempre alegre, constructivo, sinónimo de felicidad, y de optimismo.
Yo amo a mi país. Y es un amor triste, impotente, infeliz, que me duele,
que todos los días tiene nuevas llagas, que siempre está más y más crucificado.
Veo su mapa cercenado, una y otra vez.
Veo su historia de burlas crueles, sangrientas.
Veo su geografía amenazada por el planeta.
Veo a sus moradores misérrimos, ignorantes, raquíticos, hambrientos.
Veo su suelo ubérrimo, inútilmente ubérrimo, para la mayor parte de sus habitantes.
Veo su violencia, progresiva, galopante.
Veo, siento, vivo su tragedia incesante. Y me duele.
Me duele tanto como me duele decir: «Yo no quisiera estar aquí»,
«yo no quisiera ser de aquí».
Porque ser de aquí es una enfermedad incurable. Uno se va, y entonces la nostalgia.
Uno se va, pero las noticias lo persiguen,
los ojos buscan siempre un algo de aquí, la distancia castiga.
Uno se va. Pero aunque se vaya, no se va: uno anda llevando su Guatemala adentro,
como un amado cáncer, como una idea fija, como un verde corazón que siempre
duele al palpitar y que palpita siempre.
Yo no quisiera estar aquí. Yo no quisiera ser de aquí.
Y aunque me duele el dolor del mundo, perdóneseme,
pero me duelen menos otros países que éste.
Me voy a veces. Me meto en un libro y me voy.
Tomo un pasaje de canción o recuerdo y me voy.
Escribo una carta, me meto con ella en el sobre, me pongo en el correo y me voy.
Pero dura muy poco mi viaje: desde adentro de mí mismo país
-este pequeño y cruel país-, se me hace presente, me sangra, me duele.
Cuánto amor en el dolor. Cuánto dolor en el amor.
Qué dura eres, Guatemala.
Para terminar, repito mi llamado al presidente ílvaro Colom para que se retire del Gobierno y permita una investigación exhaustiva sin presiones la cual nos dé a los guatemaltecos la garantía que tenemos un Presidente que no encubre asesinos ni promueve asesinatos. Me considero con la autoridad moral de exigirle lo anterior toda vez que durante su campaña política invité a través de esta columna a votar por él y por el doctor Rafael Espada creyéndolos la mejor opción para Guatemala. Hoy rasgo mis vestiduras y me siento avergonzado de haber pensado en algún momento que su presencia iba a traer algún bien a nuestro País.
Ingeniero ílvaro Colom, Guatemala ya no está para soportar más burlas, aléjese de la Presidencia y permita una investigación independiente.