Antes de abocarme al asunto que me interesa, debo advertir a varios de mis contados lectores que suelen tergiversar mis propósitos cuando enfoco un tema desde mis subjetividad, pero basado en la realidad objetiva y específica, que no estoy en búsqueda de trabajo ni nada por el estilo, menos en alguna institución gubernamental.
Después de esa aclaración y para entrar en el meollo del caso, voy a fusilarme descaradamente el primer párrafo del artículo que publicó anteayer mi amigo y colega columnista Julio Donis, en estas mismas páginas, y a quien no se le puede tildar de derechista, al asentar que “Un Presidente ha saltado a la palestra mundial; las cámaras por primera vez en mucho tiempo se dedican a un líder de un país pequeño. El Presidente de un lugar recóndito como Guatemala es cubierto por las cadenas y agencias internacionales (de noticias), desde las regionales hasta lejanas, como la prensa rusa, y sus ideas son transcritas en periódico, como The Guardian”, y luego discurre en su razonamiento sobre la propuesta del mandatario Pérez Molina acerca de la regularización de las drogas y las contradicciones en torno a los abandonados problemas nacionales.
Comparto ese enunciado y me baso en esa celebridad que ha cobrado el Presidente de Guatemala y el respeto que se ha ganado en la comunidad internacional, dejando atrás los epítetos que le lanzaron en numerosos diarios extranjeros alrededor de su pasado militar y sus presuntas acciones represivas contra poblaciones indígenas durante la guerra interna, para sugerirle -si es que acaso sus asesores leen los comentarios de los articulistas nacionales- que esa notoriedad, que podría ser efímera si no es aprovechada apropiadamente por el Ministerio de Relaciones Exteriores, debe ser utilizada en lo que respecta a un nuevo enfoque para combatir el narcotráfico, una vez que se ha aclarado que no es cuestión de simple despenalización generalizada, como inicialmente se interpretó, a causa, entre otros factores, que Pérez Molina es el primer gobernante guatemalteco que es su propio vocero –excusen la incongruencia del concepto-, y en lo que incumbe a los cientos de miles de compatriotas que residen ilegalmente en Estados Unidos.
Como se sabe, salvadoreños y hondureños, entre originarios de otros países, disfrutan del estatus que les conceden autoridades migratorias de la nación del norte para que, por medio de un documento que por sus siglas en inglés es conocido como TPS, no sean deportados masivamente, al contrario de los guatemaltecos indocumentados que no han logrado que se les otorgue ese beneficio migratorio, porque el gobierno del presidente Álvaro Arzú no lo solicitó en su momento, pese a que, al igual que los vecinos centroamericanos, también los guatemaltecos sufrimos los estragos de graves desastres naturales.
En la VI Cumbre de las Américas el presidente Pérez Molina sobresalió entre sus homólogos latinoamericanos, al grado que en la fotografía oficial y en una cena que ofreció el país anfitrión, estuvo al lado del presidente norteamericano Barack Obama, con quien, según reveló el mandatario guatemalteco, conversaron, aunque fuera superficialmente, acerca de los inmigrantes chapines y las reiteradas solicitudes para que se les otorgue el ansiado TPS.
Esta coyuntura debe explotar la Cancillería antes de que se apague la estrella de Pérez Molina, que se opacó un poco por el superfluo apoyo que le brindó al presidente del gobierno de España, el conservador Mariano Rajoy, en torno a la decisión soberana del gobierno de Argentina de expropiar el 51 % de las acciones de la petrolera YPF, filial de la española Repsol.
(El ilegal Romualdo Tishudo cuenta que en homenaje a los indocumentados el Rey Feo Vitalicio universitario Lencho Patasplanas murió mojado y sin cédula).