Lo he dicho repetidamente, la mayoría de los países latinoamericanos, entre los cuales Guatemala, tienen mínima responsabilidad en lo que respecta a las emisiones de dióxido de carbono que contribuye en gran escala al calentamiento global; pero eso no significa que no sufran las consecuencias del cambio climático, porque también desafortunadamente aportan su cuota en aspectos referentes a la desertificación, la contaminación del agua y el deterioro del medio ambiente.
Una escueta nota publicada en La Hora esta semana da cuenta que el 12% del territorio nacional está siendo amenazado por la desertificación, que se extiende lenta pero constantemente en todos los departamentos del país, fenómeno que puede observarse a simple vista, pues basta con viajar a cualquier sitio del territorio nacional para advertir que las laderas de las montañas en que otrora abundaban árboles, progresivamente se convierten en parajes con pequeños arbustos, sembradíos de maíz o sin ningún cultivo.
No sé qué sienten mis compatriotas al mirar la paulatina desertificación a la vera de las principales carreteras; pero a mi me causa profunda tristeza y un sentimiento de impotencia al darme cuenta que las actuales generaciones no tienen la menor idea sobre el daño que le están causando a nuestro entorno natural y la miserable herencia que dejaremos a nuestros nietos y sus descendientes.
Afirma la información que les cité, que instituciones gubernamentales «preparan estrategias a fin de contrarrestar los efectos del cambio climático», para enfrentar las necesidades de 1.5 millones de guatemaltecos que se encuentran en pobreza y extrema pobreza en las zonas afectadas por la sequía.
Imagínese usted que, a estas alturas, teóricos, y otros burócratas todavía están pensando en «preparar estrategias» para atacar los efectos del cambio climático y las causas que provocan que la verde geografía de nuestro hermoso territorio no se convierta en un enorme desierto. La misma indolente actitud que asumieron con la cianobacteria que atacó y que aún permanece en el lago de Atitlán, la contaminación causada por empresas industriales y pobladores adyacentes al lago de Amatitlán, la porquería en que se han convertido los ríos de la costa sur a causa de haberse tornado en vertederos de desechos de agroindustrias azucareras y cafetaleras.
Por su parte, el ministro de Energía y Minas, se convierte en el mejor defensor de los intereses de la empresa Perezco que opera en el campo Xan, en Petén, al argumentar que si no se aplica la prórroga del contrato respectivo Guatemala perdería la oportunidad «en enclavarse como un país productor de petróleo, al perder el 98% de su producción», contra los argumentos del ministro de Ambiente, quien ciertamente reconoció la validez del dictamen que emitió el Conap sobre el impacto negativo de prorrogar las actividades petroleras en áreas protegidas, pero advirtió que para externar su posición concreta al respecto, debe esperar que se realice un análisis detallado que elabore un ente llamado Fonpetrol, que probablemente favorecerá al ministro de Energía y a la empresa petrolera.
Estudios, análisis y estrategias caminan lentamente mientras el país se derrumba por pedazos.
(El ambientalista Romualdo Tishudo le aconseja a su compadre Apapucio Talishte: -Vos deberías contribuir a preservar el medio ambiente y no desperdiciar mucha agua al bañarte. El amigo repone: -No tengás pena, yo me baño cada fin de mes, tenga o no compromiso o necesidad).