Como que si hiciera falta más desgracias a los habitantes de los municipios afectados por el terremoto de la semana pasada, el Instituto de Antropología e Historia, dependencia del Ministerio de Cultura y Deportes, se ha puesto a tiro para cuestionar el urgente derribo de inmuebles dañados en la zona. No cabe duda que en Guatemala estamos condenados a vivir por permiso y no por derecho porque es el colmo de los colmos que un inmueble del que se es legítimo propietario no pueda ser tocado, derribado, alterado o modificado sin el respectivo permiso de algún político al que se le ocurrió meter el inmueble a un listado de “Patrimonio”.
Se entiende que las diferentes instancias se dediquen a cuidar los inmuebles propiedad del Estado pero no hay nada que justifique que limiten los derechos de propiedad de los individuos.
Hace aproximadamente un año escribí de lo ridículo que me parecía que el Ministerio de Cultura y Deportes emitiera un acuerdo ministerial para declarar al maíz como “Patrimonio Cultural y Natural de Guatemala”. Pocos nos manifestamos en contra de tan absurda medida en ese momento, pero yo explique las razones por las cuales me negaba a aceptar semejante estupidez como una buena idea. Mi argumento principal era que este tipo de disposiciones legales no eran más que madrigueras para los políticos tramposos y vividores. Seguramente cuando algún político o activista vea la oportunidad de presentar al maíz o a cualquier “patrimonio” como una excusa para frenar inversiones o progreso lo hará sin inmutarse.
Por eso es importante que como mandantes estemos alerta a todas las leyes que nuestros mandatarios proponen, crean y aprueban. Además, es nuestra responsabilidad pensar y analizar profundamente qué implicaciones tienen las leyes sobre nuestras vidas y derechos. El principio básico a observar es que toda ley sea de aplicación general, abstracta e igual para todos; lo que provocará sin excepción que las leyes no atropellen los derechos de nadie, aún y cuando se trate de “intereses generales”. Es importante ponerle atención a todas las leyes porque los políticos mal intencionados y sus allegados nunca dudarán en utilizarlas a favor de -lo que son las cosas- su interés particular. Cuando opiné sobre el asunto del maíz, ponía como ejemplo que seguramente en algún momento alguien o algún grupo utilizará un par de cuerdas de milpa para frenar un proyecto hidroeléctrico o minero.
Ahora bien, ya con los decretos y acuerdos ministeriales encima no nos queda más que aguantar el tortuoso e ingrato camino de la ley y hacer lo que nuestra Constitución ordena para tratar de cambiarla.
Claro que es fácil ver por qué estamos como estamos. Existen entre nosotros personas supuestamente ilustradas que en el editorial de uno de los diarios de mayor circulación en el país se atreven a plasmar cosas como “Salvar vidas y salvar edificios históricos tiene, de hecho, la misma justificación porque las personas y la arquitectura de este tipo son parte del alma del país”. ¿Qué significará semejante argumento? Claro que la belleza arquitectónica, subjetiva para todo fin práctico, es importante y agradable pero ¿será de alguna forma comparable con la vida humana?
Lo que necesitarían los señores de San Marcos es que los dejen de joder, que los dejen botar sus casas si es lo que les place y que les dejen vivir bajo las ruinas si es su gusto y gana. Finalmente se trata de sus vidas y de sus casas. Lo que necesitan los señores de San Marcos es que el gobierno entienda que solo ellos saben que es lo que necesitan.