Enorme sorpresa y honda pesadumbre tengo al enterarme en los obituarios publicados en el diarismo, del fallecimiento de Aníbal Reyes Leal, acaecido durante el mes de junio. Junto a su hermano Ramiro conforman aún en mi mente como recuerdo, el hecho de constituir en ese entonces mis primeros amigos del Instituto del Norte, Cobán.
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Amistad que mantuvo gratos y diversos momentos un enlace, salvo después algunas distancias por lo agitado del cotidiano vivir capitalino. Aníbal, nos vimos la última vez en la Ciudad Imperial. Dejaste la docencia en Lanquín, ansioso de venirte a la U, mientras que yo desempeñaba un cargo en la administración pública, sector Salud.
Buena persona, amable y cordial. Con dotes especiales para las matemáticas, prueba de ello, tu apreciable profesión de Ingeniero Civil, obtenida a pulso en Monterrey, México. Años posteriores la incorporación de rigor en la San Carlos, que te abrió con beneplácito las primeras etapas. Tus ejecutorias dejan testimonio en entidades diversas.
Frescos conservo nuestros estudios compartidos en tu casa familiar. De parte de tus padres y hermanos menores, hubo siempre atención y cortesía. El inmueble a título de patrimonio mismo familiar, ubicado en una calle estrecha del antañón barrio de San Marcos. Cercano al parque cantonal y la cantina: «A la agua patos» (sic), ajena a asesoría.
A mi juicio inmaduro, sin embargo con sentido común, admiraba el recorrido peatonal de alumnos a diario, provenientes de ese sector. Entre ellos Dominga Guzmán, los Kleé, los Najarro, los Ponce Nitch. Bajo el cielo lluvioso epocal, jamás fue excusa, poseídos de entusiasmo a toda prueba. Puntuales, colaboradores y estudiosos.
En unión de ustedes dos hermanos más, adelante los menores: Leticia y Juan de Dios, conjuntaron significativa caravana. Al igual que restantes grupos de estudiantes iniciales del Instituto cobanero. Provenientes de las goteras citadinas, por ejemplo: de fincas relativamente cercanas, de Chimax, pila de Chiguarrón, Sachamach, presentes día a día.
Suele decirse a menudo que en situación post mortem, surgen evocaciones, sucede que alcanzan sin duda, más carga emotiva y una revaloración sostenible. Ajenos entonces a protagonizar el pensamiento: «En vida, hermano; en vida». Las oportunidades menores pero sinceras que tuvimos significaron motivo de apología, digo yo.
La agresión del tiempo no tiene escapatoria. Aquellos instantes corroboraron el valor del compañerismo y amistad, en condición de ser componentes de la segunda promoción del Instituto Normal Mixto del Norte, pase al deterioro natural físico. Merced al pensamiento becqueriano, nos justificó el repetir sin hipocresía una verdad. «Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos».
Vuelvo al camino. Las matemáticas demostradas, álgebra y trigonometría, representaron para tus dotes singulares, verdadera calleja. Todos coincidimos en que fuiste autoridad en dichas materias. Las evaluaciones representaron la mejor constancia en tu expediente, distante de cursos retrasados. En limpio, sin preocupaciones.
Se agolpan junto a los recuerdos, una larga lista de vivencias. Que podemos resumir. Estudiante destacado; amigo sincero y compañero; hijo cariñoso, igual que esposo, padre y abuelo. Para ellos nuestro sentido pésame y consignar que tengan resignación cristiana.
Descendiente de una familia muy querida y respetada en la ciudad de Cobán. Pusiste en alto el nombre de tus antecesores, en ambas líneas. Resta decirte más allá de la trascendencia que similares renglones, gracias a la hospitalidad de La Hora los dediqué a Rodolfo Sierra, Enrique Lemus, el primo Juan Vicente Narciso. Descansen en paz.