Impresionantes las celebraciones de la Semana Santa


No cabe duda que no todo está podrido en Dinamarca… No todo es materialismo. El pueblo de Guatemala está henchido de fe, y eso lo comprobamos en su comportamiento en general. íšnicamente debemos lamentar que una minorí­a relativamente insignificante -de ovejas descarriadas y como satanizadas-, esté provocando serios problemas contra sus semejantes (hombres, mujeres y niños), con evidente irrespeto y desprecio respecto de la ley, de la autoridad y de ese soplo divino que es la vida.

Marco Tulio Trejo Paiz

Tuvimos la í­ntima satisfacción de presenciar desde el principio hasta el fin las solemnes celebraciones de la Semana Santa, a la que también se ha dado en llamar «Semana Mayor».

Valga decir, a tí­tulo aclaratorio, que únicamente presenciamos varias procesiones en las calles de la zona central capitalina, así­ como las vimos a través de algunos canales de televisión.

Hubiésemos querido ir a la Antigua Guatemala, donde los «Dí­as Grandes», como dicen nuestros coterráneos del oriente de la República refiriéndose a la Semana Santa, los actos de la época son tan apoteósicos como los de Sevilla, España, pero nos quedamos tranquilamente en casa para cuidarnos de los «onorables» (así­, sin h) amigos de lo que no les cuesta…

Asimismo nos hubiera gustado estar en tal ocasión en el «Lejano Oriente» de la patria: Jutiapa, donde a la vez son solemní­simas las celebraciones de la Semana Mayor, pero ya explicamos la razón por la que nos privados de nuestro deseo.

Desde los dí­as de la infancia cultivamos nuestra fe, profunda, en los supremos y eternos valores de la Humanidad, principiando por el infinito (valor) de Dios.

Conste que nuestra fe en los mencionados valores anida en nuestro corazón, pero casi no logramos, todaví­a, a estas alturas de nuestra existencia, practicar -como lo hacen otras personas- las ritualidades propias de la religión católica. Sin embargo, tratamos de expresarlas como en soliloquio en nuestro fuero interno. Y algo más: tratamos?; sí­, tratamos en todo momento de practicar el bien por el bien mismo, sin esperar, siquiera, las ¡gracias! Si no nos es dable hacer bien, no hacemos daño a nuestros semejantes.

Es de traer a colación el maniqueí­smo, secta que surgió en los primeros tiempos de la era cristiana, basada en la existencia de posprincipios eternos y absolutos: el bien y el mal, que se mantienen en perpetua pugna entre sí­.

Nos congratulamos porque la gran mayorí­a del pueblo de nuestro paí­s profese la religión católica, cuya iglesia (la única entonces) fue fundada por Jesucristo, quien la dejó a San Pedro, y el Papa Benedicto XVI es actualmente el Vicario de Jesucristo, el Dios hecho hombre en la Tierra.

Son miles y miles o millones y millones de fieles católicos en las diversas latitudes de nuestro mundo, el que por cierto, infortunadamente, viene corriendo el grave riesgo de sufrir un deterioro progresivo, a pausas y con peligro de colapsar. ¡Ojalá que eso no suceda!

Vimos en las procesiones a personas de todas las edades y de las diversas condiciones sociales cargando en hombros, con verdadera devoción, en hermosas andas, a las adoradas y venerables imágenes de Jesucristo, hijo de Dios Padre, así­ como a su sagrada cohorte celestial. Las calles de la urbe capitalina fueron inundadas por la grey católica. En realidad, todo un pueblo celebró la Semana Santa como siempre: multitudinariamente, y eso es muy significativo en los dí­as que estamos viviendo, grávidos de materialismo y de todo lo demás que es nada edificante.

Es deseable, entre la gente de bien, de fe arraigada en lo más hondo del sentimiento, que haya respeto en cuanto a los grandes valores del espí­ritu para que mundialmente los humanos podamos vivir en paz, entregados al trabajo constructivo y apuntando a la superación no solamente de lo que es material, sino a la vez a todo lo que está por encima, muy por encima del materialismo, como es lo espiritual, lo intelectual, lo social, lo moral y lo ético en su cabal dimensión.