El pasado sábado 4 de abril un jovencito desequilibrado que tenía una página web en la que había escrito que la crisis económica era una conspiración montada por Obama para quitarle a los norteamericanos el derecho a portación de armas, agredió a su madre en un barrio de la ciudad de Pittsburgh y la señora llamó a la operadora de Policía para pedir apoyo en un caso de violencia doméstica. Cuando llegaron los agentes el agresor los recibió a tiros, usando para el efecto su arsenal entre el que destacaba un fusil AK-47 y varias armas ofensivas más, todas adquiridas legalmente en una armería autorizada para vender ese tipo de equipo bélico.
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Un agente que se dirigía a su casa en ese mismo barrio luego de haber terminado su turno de trabajo, respondió al angustioso llamado de auxilio que logró hacer uno de los dos agentes atacados en primera instancia y cuando llegó se topó con un tiroteo extraordinario que también a él le costó la vida. Tres policías de la ciudad de Pittsburgh murieron en esa mañana a manos de un joven con notables trastornos mentales, cumpliendo con el deber de proteger a los ciudadanos y cuidarlos hasta de casos de violencia doméstica.
Días antes un tiroteo en el estado de Nueva York había cobrado varias vidas y con ello se confirma que en asuntos de violencia el mundo anda patas arriba y que ese flagelo no es exclusivo de latitudes como la nuestra, donde el valor de la vida humana es realmente ínfimo.
Pero lo que me impresionó fue la reacción de toda la población de Pittsuburgh y de otros lugares de Estados Unidos ante el asesinato de los tres policías. Una profunda sensación de luto se apoderó de esa ciudad y los ciudadanos acudieron masivamente a las honras fúnebres que las autoridades programaron para despedir a los agentes caídos en cumplimiento de su deber. Al entierro no sólo acudieron en solidaridad delegaciones de los departamentos de Policía de infinidad de ciudades del país, sino que los mismos pobladores se sumaron a una impresionante manifestación de dolor, de repudio a la violencia y, sobre todo, de respeto y aprecio a sus fuerzas policiales que se arriesgan para ofrecer a los ciudadanos honrados la oportunidad de vivir en paz y con seguridad.
Pensé en la reacción que tenemos los guatemaltecos cuando un agente de la Policía muere en un enfrentamiento con pandilleros o narcotraficantes. En realidad lo vemos como la cosa más natural del mundo y nadie piensa en los deudos producto de esos hechos de violencia y en la forma en que la vida de muchos quedará marcada para siempre por esa forma de morir en el servicio público. Cierto es que nuestra Policía está profundamente contaminada por el crimen organizado que se adueñó prácticamente de todas las instituciones del país y que en no pocos casos hemos visto que los mismos agentes son los responsables de crímenes gravísimos, pero también es indiscutible que muchos de los que han muerto lo hicieron tratando de cumplir con su deber en medio de serias y profundas limitaciones.
En todas las iglesias, en las escuelas, en los comercios y, en general, en toda actividad normal de la vida en la ciudad, se podía ver el duelo de la gente ante la muerte de tres de sus servidores públicos. Estoy seguro que eso les da mucho sentido de responsabilidad a los otros agentes y los estimula a cumplirle a una población que les demuestra aprecio y respeto por su sacrificio.