El mundo parece andar sumamente perturbado y aterrorizado por las acciones de perversos y fanatizados grupos de «humanos inhumanos» que, en aras de sus tenebrosos y sangrientos intereses, están jugando con fuego en determinados países diseminados en el globo terráqueo.
Aprovechando las «vacaciones ilimitadas» que tenemos como periodistas en situación de retiro; pero, valga decir, siempre activos, estuvimos curioseando en la televisión el 11 de este mes de la patria. Nuevamente volvimos a ver cómo fueron echadas abajo las hermosas Torres Gemelas de Nueva York, Estados Unidos de América: Para consumar ese acto de lesa humanidad se utilizaron aviones repletos de pasajeros que fueron estrellados. Los guiaron idiotizados suicidas musulmanes que lidera internacionalmente el diabólico Osama bin Laden.
El desalmado terrorista, originario de Arabia Saudita, Bin Laden, no cabe duda, es enemigo a ultranza de la humanidad. Así lo explica el hecho de estar dirigiendo u ordenando a sus embrutecidas «huestes», desde su secretísimo escondite montañoso de Afganistán o de Pakistán, según se supone, las acciones de muerte y destrucción que se suceden con alguna frecuencia en varios países, incluidos los Estados Unidos, así como naciones circunvecinas.
En los actos de terror, que constituyen una «guerra santa» con difidación de parte de Bin Laden y compañeros de liderazgo, están comprometidos unos grupos afganos; unas gavillas de Pakistán, de Irak, de Irán, de Siria, entre dos o tres países más que para qué seguir mencionándolos. Es universal, casi, la macabra aventura belicista de matar y correr. Eso sí, se les asestan golpes demoledores.
El dictador de Irak, Saddan Hussein, participaba, entre las tinieblas de la secretividad, en las masacres del terrorismo desencadenado por Bin Laden y compinches, por lo cual lo derribaron espectacularmente las poderosas fuerzas armadas estadounidenses y de otras nacionalidades.
Se ha dicho que el «pretexto» de borrar del mapa al régimen oprobioso iraquí lo motivó la supuesta existencia, en ese ruinoso país, de un arsenal de armas de destrucción masiva que, como se informó, no aparecieron por ningún lado, aunque sí todo un volcán de otra clase de armamento ofensivo, sobre todo contra Israel.
El espantoso atentado aéreo contra el Centro del Comercio Mundial, de Nueva York, motivó que el presidente de los Estados Unidos, Mr. George W. Bush, sin vacilación alguna, como no podía ser de otra manera, declarara la guerra contra el terrorismo islámico en el ámbito internacional.
Si algo se le reconoce a Bush, entre otras de sus actuaciones, es que justamente tomaba decisiones oportunas y «convincentes» en defensa de la gran potencia del norte y de naciones aliadas expuestas, a la vez, al peligro de agresión. ..
A propósito de lo ocurrido en la portentosa urbe neoyorquina, debemos pensar un momento, tan sólo un breve momento, que si Guatemala desgraciadamente fuese víctima de cualquier individuo o grupo terrorista que destruyere el majestuoso Palacio Nacional («apellidado» de la Cultura), seguramente todos los ciudadanos y ciudadanas y, aun los niños, indignada y valientemente serían capaces de luchar hasta con las uñas contra el enemigo terrorista…
Consideramos que los televidentes, al menos en su mayoría, se encorajinarían al ver como se derruiría una de las mejores obras materiales que dejó la administración del general Jorge Ubico; obras que perduran a estas alturas del tiempo y que, indudablemente, perdurarán en la diuturnidad del futuro. .
La guerra de Al Qaeda (o sean las acciones atroces de Bin Laden y de sus grupos asesinos) contra las naciones libres, democráticas, sigue de frente. Hasta hoy no se ha logrado la paz que se requiere para vivir sin temores de graves amenazas. Y es que los despiadados hechos de terror no han terminado y difícilmente terminarán mientras no se corte la cabeza calenturienta, enferma, maquiavélica, del liderazgo del terror islámico, responsable de estar dirigiendo la injustificada y espantosa campaña de muerte y destrucción.
Así, pues, Mr. Bush tuvo razón, sobrada razón, de declarar sin titubeos, sobre la marcha, la guerra total contra los «ombres» bestias, que destruyeron las hermosas Torres Gemelas de la Ciudad de los Rascacielos, Nueva York, obedeciendo dócil y ciegamente las órdenes de los monstruos infernales del terrorismo mundial.