Con el tema de los abusos deshonestos cometidos por curas en muchos lugares del mundo en contra de los niños, hacía falta una postura tajante del Vaticano para condenar esas prácticas absolutamente inaceptables. Hasta ahora la postura de buena parte de la jerarquía eclesiástica era de criticar las publicaciones que se hacían sobre el tema, considerando que las mismas eran un ataque a la Iglesia y eso hacía que se enconcharan en una actitud defensiva que alentaba a los pederastas a continuar con sus agresiones sabidos de que institucionalmente gozarían de esa peculiar defensa que se produce cuando por espíritu de cuerpo en una institución todos cierran filas para ocultar hechos que puedan dañarla.
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Ayer el Papa Benedicto XVI se mostró firme cuando habló con los obispos de Irlanda que destacaron cabalmente porque cuando se conocieron las denuncias concretas en contra de sacerdotes bajo su autoridad, trataron de ocultar la realidad y apañaron a los abusadores en una tonta y errada actitud que pretendía defender a la Iglesia como institución. Las centenas de niños que fueron abusados por sacerdotes católicos fueron doblemente agraviados porque además del daño irreparable que significó el ultraje sexual, sus obispos les dieron la espalda cuando hacía falta una actitud no sólo comprensiva sino que pidiera perdón por años de tolerar el problema.
En distintas diócesis alrededor del mundo, pero especialmente en Estados Unidos donde ha habido más investigación al respecto y más casos han salido a luz, los obispos han tenido una actitud de defensa gremial que ignora el dolor y el sufrimiento de los niños que fueron objeto de abusos.
La verdad es que tenemos que asumir que el problema de los pederastas en la Iglesia Católica debe encararse con seriedad y madurez, condenando institucionalmente a quienes incurren en esas prácticas inmorales. La defensa de la Iglesia, institucionalmente hablando, no está en ocultar ni en minimizar el problema, sino al enfrentarlo como es con la disposición de resolverlo mediante una política como la que está mostrando el Papa, es decir, de cero tolerancia.
Hace algún tiempo hablando con un obispo guatemalteco, me decía que esos casos eran más bien aislados y que la prensa al magnificarlos estaba haciendo un daño tremendo a la Iglesia. Pensé nuevamente en aquella expresión de quien al recibir una mala noticia la emprende contra el mensajero, culpándolo del daño. Si la Iglesia hubiera sido más categórica al conocer casos de esa naturaleza y retira tajantemente a los abusadores en vez de simplemente trasladarlos a otra parroquia, sabiendo que iban a cometer los mismos abusos y a dañar a otros niños, seguramente que se hubiera contenido más rápidamente el problema.
Por ello es que me parece muy seria y madura la postura del Papa Benedicto, porque reconocer la existencia del problema en el seno de la Iglesia y reprendiendo a los obispos que en vez de actuar prefirieron apañar de alguna manera el problema, creyendo que así defendían fielmente a la Iglesia, está dando un paso fundamental que apunta a superar la existencia de esos curas pederastas. Si el Vaticano impone una regla de cero tolerancia y pública exposición de los curas abusadores, sin duda que empezará a cambiar la tendencia y el abuso contra los niños desaparecerá.