La primera acción del presidente Pérez Molina y la vicepresidenta Baldetti ha sido visitar los diferentes ministerios para demandar de los servidores públicos un compromiso para el desempeño esforzado de sus funciones en beneficio de la población. En teoría, si tuviéramos una burocracia con mística de servicio, esa demanda debiera encontrar eco y facilitar el cumplimiento de los deberes hacia el público, pero hay que reconocer que hace mucho tiempo se perdió el concepto mismo de lo que significa el servicio público.
De hecho vivimos en un mundo en el que predomina la ideología individualista, aquella que predica que el desarrollo es posible cuando se produce la suma de los egoísmos individuales que hacen que la persona se esmere para lograr su propio y particular beneficio, y que será la suma de esos esfuerzos lo que hará crecer la economía y, consecuentemente, hará posible el desarrollo de la Nación. Hay universidades en las que se hace exaltación del egoísmo como motor del desarrollo y la prédica ha calado tanto que el concepto de servir por servir, por vocación de cumplir con un deber aunque no produzca satisfacción personal más allá del sentido de haber ejecutado una obligación casi sagrada, prácticamente ha desaparecido.
Antaño un funcionario público sentía el orgullo de ser servidor y actuaba con la convicción de que su trabajo era importante, porque satisfacía demandas ajenas. Hoy en día el funcionario siente orgullo cuando hace un negocio, cuando recibe una mordida y cuando, en fin, el egoísmo que se inculca ideológicamente, se ve premiado de manera directa. Aquella sensación íntima de alegría por haber resuelto un problema ajeno, por haber ayudado a alguien a ejercitar sus derechos, es cuestión de museo y recobrarla es imposible en tanto sigamos privilegiando esa suma de los egoísmos individuales.
Leíamos esta mañana que el analista de ASIES, Marco Barahona, decía que para encontrar diputados dispuestos a cumplir como auténticos representantes del pueblo habría que traerlos de Júpiter o de Marte. Lo mismo puede decirse para aspirar a una renovación del servicio civil, de la burocracia nacional, porque está tan generalizada la pérdida del sentido del servicio público que todos actúan como si le estuvieran haciendo un favor al ciudadano, olvidando que es éste quien con sus impuestos les paga su salario a los empleados del sector público.
Y como el complemento ideológico del egoísmo es aniquilar al Estado, ningún campo es tan propicio para destruir la mística que la burocracia, porque mientras menos servidor sea el empleado, más razón se da a los que despotrican contra lo público en favor de lo privado. Hará falta predicar mucho con el ejemplo para empezar a revertir el desinterés de hoy.
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