El Ministerio de Energía y Minas es una de las carteras más apetecidas por los políticos cada vez que se instala un nuevo gobernante, debido a que ese Ministerio es quien concede o no la explotación de los recursos naturales ferrosos y no ferrosos que se encuentran en el suelo y subsuelo guatemaltecos.
El subsuelo de cualquier parte del mundo es donde se encuentran las mayores riquezas de los países y, por esa razón, se dice que Latinoamérica es un limosnero sentado sobre una gran roca de oro y los explotadores nacionales y transnacionales no se andan con chiquitas para sobornar a las autoridades con millones y centenas de millones de dólares para explotar los recursos naturales legalizando lo inconstitucional. Presidentes, diputados y exministros de esa cartera han salido archimillonarios del puesto a costillas del empobrecimiento de la población y de la muerte, por contaminación, de cientos y miles de seres humanos vivos y por nacer, así como la degradación de la tierra, el agua y el aire.
La literatura sobre “maldición de los recursos naturales” pasó mucho tiempo tratando de probar infructuosamente si la riqueza natural es buena o mala para el crecimiento de los países. La nueva propensión de esa discusión, al centralizarse en la pregunta de qué depende que un país aproveche o no su riqueza natural, resulta mucho más sugestivo y útil.
Lo que hacen los países petroleros y mineros con sus rentas determina en mucho si aprovechan o no su riqueza natural para el crecimiento. Si las manejan bien desde un punto de vista macro (evitando exacerbar los efectos de la volatilidad de los precios de los commodities o materias primas) y micro (invirtiendo en capital humano y buena infraestructura para aumentar la productividad de otros sectores y contrarrestar posibles efectos negativos de enfermedad holandesa, que en términos económicos son los efectos perjudiciales del dinero de las afluencias en un país como resultado de las exportaciones de recursos naturales, y fuentes similares) lo más seguro es que la riqueza natural resulte ser bendita; de lo contrario, como ocurre ahora en Guatemala, podrá resultar maldita.
¿Qué cree el estimado lector que ocurre con la miseria que queda a Guatemala del 1% de regalías ordenado por Álvaro Arzú en su nefasta época como presidente? ¿Cree el lector que ese miserable 1% es invertido afuera o dentro de Guatemala con la intención de velar por el bienestar de las generaciones actuales y las generaciones nonatas para cuando se agote el poco petróleo guatemalteco y los metales incluyendo el oro que se están llevando los canadienses de una manera inverosímil para cualquier país que tenga una ciudadanía con dignidad?
En Guatemala comienza a ocurrir algo parecido al efecto de la enfermedad holandesa explicada en párrafos anteriores; ya hay incrementos desproporcionados en los precios de la canasta básica, cuando Guatemala que es un país de ingresos muy bajos, debería invertir y consumir más en todo el sentido de la palabra, desde el punto de vista del producto de las extracciones mineras. Sin embargo, muchísimos niños, vergonzosamente siguen muriendo de hambre.
Una vez más debe demandársele a Otto Pérez que contrate asesoría eficiente y eficaz en estos ámbitos y, exigírsele que cumpla su palabra de carácter y mano dura con el mínimo 30% de regalías mineras, así como lo publicitó repetidamente miles de veces, o lo tomarán los guatemaltecos como otro farsante oportunista.