Imágenes imborrables: Las Torres Gemelas implosionando


En 1919, el periodista norteamericano John Reed, escribió el libro «Diez dí­as que estremecieron al mundo», un apasionante relato periodí­stico sobre la revolución bolchevique de 1917, de la que fue testigo presencial. En tanto, en 2002 Fredy Halliday escribió su libro: «Dos horas que estremecieron al mundo» refiriéndose a los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, (1)

Ramiro Mac Donald
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Este es un recurso denominado por los semiólogos: intertextualidad, un entrecruce entre los tí­tulos de dos obras de artes, en este caso dos libros con cerca de un siglo de diferencia y es de uso común entre los literatos -particularmente de nuestra cultura actual- porque hay un diálogo intertextual entre ambos contenidos y el lector sabrá (de antemano) que va a encontrar una referencialidad directa, entre uno y otro texto. Lo que resulta interesante, para nuestro caso, son las notables diferencias entre una y otra forma de titulación, que sintetizan admirablemente la velocidad creciente de cómo ocurren los acontecimientos que transforman al mundo, hoy en dí­a.

El primer texto refiere a diez dí­as, el otro… apenas a 120 minutos. Contrastantes sucesos históricos, incluso en el tiempo de su propia duración. La revolución rusa fue «reporteada» por unos cuantos corresponsales y sus noticias fueron publicadas en los periódicos de la época. En tanto, las noticias de aquel imborrable 11 de septiembre del 2001… esas noticias las pudieron observar casi todos los habitantes en el mundo, en directo, en vivo: ¡en el mismo instante que estaban sucediendo los choques de los aviones y los posteriores derrumbes de esos enormes inmuebles! Es lo que se llama «efecto inmediatez» en este siglo XXI, caracterí­stica por la cual millones de habitantes del planeta asistimos absortos a aquel acontecimiento, casi en calidad de testigos presenciales de aquellas crónicas transmitidas por la televisión y de impactantes imágenes de esta época mediática y espectacular, porque todo lo que una cámara transmite, lo convierte en espectáculo. ¿Aún la muerte?

Yo vi -atónito- cómo implosionaban las Torres Gemelas, a través de la diminuta pantalla en blanco y negro de un diminuto televisor, propiedad del conserje de una imprenta. Las vi caer, desplomarse lentamente. Las observé acompañados de tres proletarios que habí­an detenido sus máquinas de impresión y estaban petrificados, viendo sin entender -casi- las imágenes catastróficas que pasaban frente a sus ojos. Me miraban horrorizados, casi en un espejo.

Aquellos operarios de escasa instrucción formal tení­an salpicadas sus indumentarias de tinta fresca de diferentes colores; estos jóvenes obreros no eran capaces de diferenciar lo que veí­an en la micro TV: era realidad o una ficción; noticia irrefutable o escenas de una pelí­cula. ¡Verdad o mentira! Era tan espectacular dicho suceso que estaban mudos, no articulaban palabras. Honestamente -he de confesarlo- yo también estaba así­: petrificado, pensando en una irremediable tercera guerra mundial.

No fue sólo la televisión la que transmitió, en directo, el desplome de esos emblemáticos rascacielos neoyorquinos. Pero sí­ fue el medio dominante a nivel planetario. Internet, se supo más tarde, colapsó, en pocos minutos, ante la demanda mundial de conexiones, en aquellos aciagos momentos. En pocos segundos, el mundo entero conoció la noticia: vio las imágenes, escuchó los reportes de testigos presenciales y se empezaron, casi inmediatamente, a hacer toda clase de conjeturas. Hasta se vaticinó el fin del planeta tierra, por parte de algunos analistas polí­ticos. El terror se apoderó del mundo, aquella mañana del 11 de septiembre, que se cumplieron 9 años, el sábado pasado.

Vivimos, en vivo -valga el pleonasmo- la muerte, la muerte en directo… aunque la propia televisión norteamericana cercenó las escenas más dramáticas y dejó las más livianas. Aquellas escenas de pánico colectivo y angustia terrible, duraron esas dos horas que conmovieron al mundo entero, como bien tituló su libro Halliday (quien por cierto falleció en abril de este año)

Esas imágenes, aún las tengo a flor de piel, piel sensible de comunicólogo. Y las deseaba compartir hoy, a nueve años de aquel suceso mediático. (1) Reflexiones basadas en el texto de Charlie Gere, aparecido en la revista Digithum, de mayo de este año, de la OEC.