¡Héroes sí tenemos!


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En nuestro diccionario, el vocablo héroe se aplica para aquellas personas que han alcanzado fama por sus hazañas o por sus virtudes. En Guatemala tenemos héroes que muchas veces no valoramos porque con cada aporte a su fama, surgen varios detractores, condición humana que nos distancia unos de otros. Voy a referirme a tres personas que me atrevo a catalogar como héroes.

Walter Guillermo del Cid Ramírez
wdelcid@yahoo.com

 


Algún apreciable lector podrá estar en contra y respeto desde ya tal oposición, pero en tanto, permítanme saludar a tres paisanos dignos del reconocimiento a su heroicidad.

Deseo iniciar con alguien que ya no está vivo. Falleció esta semana, luego de haber sufrido un robo a mano armada. Fue un artífice de la defensa de los derechos laborales. Muchos sindicatos y por extensión cientos o miles de familias le deben el uso de sus prestaciones a la tenacidad, lucha perseverante y firmeza de convicciones, en procura del bienestar de la clase trabajadora. Conocí a Quique, hace como unos quince años. Solíamos tomar café en la esquina de la quinta avenida y décima calle. Lugar ya desaparecido y que ahora es un estacionamiento. Pues bien, este hombre cuya firmeza en su candoroso discurso fue llevado a una categoría de casi irreverencia por el solo hecho de ser medio hermano de la otrora todopoderosa primera dama del régimen anterior. Sí, me estoy refiriendo a Enrique Torres Lezama. Quien inició su militancia en la política al cobijo de los principios democratacristianos. Luego pasó a militar en las Fuerzas Armadas Rebeldes y como ya se habrá podido deducir, en los últimos años, fue un constante defensor de los derechos laborales del magisterio nacional. Más allá de su cuna, igual de humilde que la de las grandes mayorías, pero encajada en la familia Torres, Quique se caracterizó a sí mismo de una manera constante. Como apuntó en un correo Carmen Reina, Quique era Quique desde tiempo atrás. No se inmutó por los comentarios adversos derivados de familia. Se enfrentó a muchas batallas. Ganó unas significativas y perdió otras no menos importantes. En el quirófano sostuvo la última gran batalla. Ha partido y para mí es honor haber intercambiado criterios, opiniones y hasta disparates en los que a veces el principal acuerdo era sencillamente ese, que estábamos hablando disparates. Descanse en paz.

El otro paisano es un viejo excompañero de luchas y jornadas deliberativas. Muchas de esas jornadas nos colocaron en antagónicas posiciones. Él, ardoroso defensor de sus ideas y yo a veces severo crítico a sus posiciones. Ha estado fuera del país por un poco más de treinta años y fue hasta la semana pasada que volvió. Encantado y seducido por lo que ha sido su principal actividad: editar libros. Campo este que es no solo complejo en lo económico y cuyos principales acopios son espirituales y por consiguiente individualizados a quien se ha enfrascado y padece de enamoramiento por los libros, sus bondades, su sabiduría y su grandeza intrínseca. Editar libros con criterios independentistas es harto complejo, es heroico. Las tareas se corren en solitario y cuesta alcanzar la grandeza de proyectar la singularidad propia de noveles autores que poco a poco alcanzan la cima del éxito y cuyo arranque se produjo en editoriales como de la que Carlos Humberto López Barrios es propietario y editor: Praxis. Con sede en México, Distrito Federal. Allá donde el desempeño de las Casas de la Cultura corre a tal intensidad que aquí vemos únicamente para los días de la feria de nuestro municipio, si es que nos damos cuenta de ello. Hacer libros y tener éxito en ello es a mi juicio por el hecho de ser poseedor de una serie de acciones heroicas y qué bueno que Carlos ha disfrutado de ese reconocimiento al que se ha hecho merecedor por parte de la Fundación Mario Monteforte. Y al volver a su país cuyo re-encuentro a todos gratificó. Qué bueno fue saludarte vos Carlos.

Y del otro aquechista en su momento, la tinta para referirse a él, a su impacto nacional y en el extranjero siempre será poca. Hombre lleno de una sensibilidad que ha logrado desbordar hasta colocarse en el sitial que ha podido entretejer con su propio sello independiente. Un fugaz intercambio de palabras impregnó su impronta en quien ahora le saluda desde esta tribuna. Fue allá por 1988, cuando en la ya desaparecida Dirección de Promoción Cultural, del Ministerio de Cultura y Deportes. En esa momentánea charla conversamos sobre las incidencias de un evento que estuvo a mi cargo en la parte logística. El Primer (y único) Festival Juvenil de la Cultura y los Deportes (que se celebró en Coatepeque en diciembre de aquel año). En su inquieta y prolija actividad de aquel entonces, se anidaba la duda sobre si partía o continuaba en el país. El suscrito fue uno de los que le animó a tomar aquella, ahora trascendente decisión. Se marchó. Llegó y triunfó. Me refiero a ese trovador triunfador y héroe en múltiples ámbitos. Ricardo Arjona que es un ejemplo a imitar. Y yo escribo estas modestas líneas de optimismo, cuando atravieso por la carga de mis fallas. Ayer, precisamente fui expulsado del seno familiar como consecuencia de mis desaciertos. Asumo la responsabilidad. Pero volviendo al tema me alegro por nuestros héroes. Por fortuna héroes sí tenemos. Como también tenemos heroínas.