En los últimos días hemos vivido una escalada de violencia en contra de la actividad minera en el país, los hechos acontecidos en Mataquescuintla, si bien no son los únicos, constituyen el punto de violencia más alto hasta ahora alcanzado por quienes se oponen a la extracción de minerales en Guatemala y se suman a la constante oposición a esta actividad y a otras como el establecimiento de proyectos de generación hidroeléctrica o los conflictos que ha enfrentado el implementar la industria azucarera en el Valle del Polochic.
Las actividades descritas tienen como común denominador que se desarrollan en el interior del país, en la mayoría de los casos en lugares remotos que por su topografía, hidrología o geología se constituyen en sitios adecuados para la implementación de estas industrias y que al momento de desarrollarse llevan fuentes de trabajo a comunidades que en la mayoría de los casos no tienen mayores alternativas de empleo que la agricultura en minifundios y de subsistencia. El campo en Guatemala históricamente ha basado el movimiento de su economía en la siembra y cultivo de café, cardamomo u otros productos de exportación, sujetos a precios internacionales de mercado, el frijol, el maíz y otros productos similares que permiten el alimento de quienes los cosechan y la venta de su excedente a los mercados locales que se encuentran limitados en cuanto a su precio por el valor internacional de los commodities y a la comercialización de otros productos como hojas de plátano, frutas y legumbres para el consumo local de los centros urbanos del interior, cuyo comercio difícilmente haga que una familia pueda subsistir.
Sin duda cultivos como el café o el cardamomo, por la gran cantidad de productores que involucran, permiten que los mismos obtengan dinero con la venta de sus cosechas y que con dicho dinero se alimente la actividad comercial en los departamentos, por supuesto, siempre y cuando las alzas y bajas que se presenten en el mercado internacional lo permitan, lo cual se refleja por ejemplo en que hoy por hoy, en Alta Verapaz, el cardamomo no se esté cosechando pues resulta más caro hacerlo que el precio que alcanza en el mercado.
Aunado a lo anterior, el campo presenta otro enorme flagelo, la inexistencia de programas de educación sexual o de políticas de control de natalidad hacen que la población en el interior del país se multiplique de manera alarmante, con las consecuentes carencias para todos, sencillamente no es posible ni para el Estado ni para un padre de familia el poder atender todas las necesidades que se derivan de la explosión demográfica sin control que multiplica las bocas que hay que alimentar.
En un escenario como este, realmente resulta difícil de comprender la oposición sistemática al desarrollo industrial o agroindustrial que realizan diferentes sectores, la problemática del campo no se va a solucionar con impedir el desarrollo de las comunidades a través de bloquear estos emprendimientos, por supuesto deben existir leyes y reglas para que estos desarrollos sean ordenados y permitan el sostenimiento del ambiente y de los demás recursos naturales, al igual que vigilar que los empleos que ofrezcan sean dignos y remunerados de conformidad con la ley. Quienes se oponen al desarrollo deberían enriquecer su discurso con propuestas constructivas que busquen alternativas reales para un campo que necesita esas alternativas enormemente.